martes, 25 de diciembre de 2012

Tiempo de silencio


He tratado esta tarde de escribir un artículo para mi blog, para no perder las buenas o malas costumbres, y así reavivar la llama de escritura.
Barajé temas dispares tales como la burbuja futbolística; ese monstruo económico-mediático en torno al deporte estrella, el futuro de los medios de comunicación o la superación personal en tiempos de crisis y al final, hastiado de mi propia palabra, desistí.
No es fácil tener siempre presente la inspiración para escribir, y aún siendo ese el caso, a veces, asalta la duda de si tiene sentido comunicar lo que nuestra mente dicta a nuestros dedos en el teclado.
Vivimos en el mundo del exceso, en todos los frentes, y el periodístico no es una excepción. Abundan los medios de papel, los digitales, las radios, los canales temáticos de televisión y para ampliar la gama interminable se inventaron las redes sociales, los Facebook, Twitter y parientes próximos que nos permiten a los particulares, a los habituales lectores, ocupar también el papel de emisores.
Tanto contenido, tanta idea, tanta ocurrencia, tanto encuentro, tanto desencuentro, tanta profusión de mensajes genera, seamos conscientes o no, una reverberación que no cesa en nuestro cerebro. 
El péndulo de la modernidad ha traído hasta nuestros hogares todo el mundo por conocer, por hablar y por chatear y uno no puede menos que preguntarse si estamos preparados para ello. 
¿Han evolucionado nuestras neuronas al ritmo frenético de internet? 
Los tres lustros meteóricos que nos contemplan de conectividad planetaria no son suficientes para saber el alcance de la revolución de las comunicaciones interpersonales, el tiempo lo dirá, el tiempo siempre todo lo revela. 
Mientras tanto, cuando se siente una especie de cortocircuito interno, cuando la mente dice hasta aquí hemos llegado, es tiempo de silencio. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

¡Humanidades, Sr.Wert!


Con tantas polémicas como acumulamos en los últimos meses es difícil mantenerse al tanto y no perder la comba del combate dialéctico y del exabrupto político del momento.
Sin duda el ministro de Educación, José Ignacio Wert, se lleva una buena ración de titulares polemistas, es el Mourinho del Congreso de los Diputados, se lo ha ganado a pulso, hay que reconocerle talento para hacer saltar chispas.
Guste o no guste, el ministro es sin duda una persona de amplia formación, con una cultura sólida y amigo, en mi opinión, de adoptar el papel de provocador irreverente. Tuve ocasión de entrevistarlo en un programa de televisión y mi dejó la impresión de ser una persona segura de sí misma, de firmes convicciones que se toma su paso por la política, y en concreto por el ministerio, como un juego de artes malabares; ocasión ideal para desplegar su personalidad de aristas y diatribas verbales. 
Siendo un político con amplia formación humanística, debería el ministro, ser el primero en percatarse de la acuciante necesidad de recuperar las materias clásicas en los planes de estudio.
Es muy moderno hablar de asignaturas de emprendimiento, economía, dirección de empresas y tecnología, dentro de la imparable especialización de nuestro sistema educativo, no obstante, sin base humanística en tiempos de crisis todas las flaquezas colapsan el montaje social. 
Recuperar la capacidad de leer y analizar textos, el conocimiento de la historia, la propia y la ajena, incluir asignaturas como la Ética, la Oratoria y Filosofía se antoja imprescindible para que los ciudadanos tengamos la capacidad de construir con cimientos firmes. 
El relativismo actual enraíza en la falta de cultura cívica, por mucho que los padres en casa intenten suplir las carencias de nuestras escuelas es harto complicado compensar un enfoque social que no desarrolla apenas la conciencia cívica deseables en un ciudadano del siglo XXI.
Criticamos a los políticos, a las instituciones y a los empleados públicos que nos conectan con la Administración del Estado pero, en general, la percepción del espacio público como algo de todos, a cuidar y a mejorar no forma parte de nuestro ADN ciudadano.
España tiene atisbos de solidaridad espectaculares como sociedad: destacamos en donaciones de órganos, en voluntariado, en colaboración con campañas de ayuda al Tercer Mundo pero flaqueamos en situaciones más mundanas y cotidianas, que son las que al final imprimen la marca de la casa.
La tan traída Marca España se construye siendo cívicos, respetando el espacio público, colaborando con nuestros conciudadanos, formando parte de asociaciones, de plataformas cívicas, reciclando, protegiendo el medio ambiente, preservando el patrimonio cultural, siendo vigilante en el uso de las formas y el lenguaje, etc...

Todas estas gotas de ciudadanía positiva tienen que ser potenciadas desde la educación infantil hasta la educación superior y, que mejor vehículo para ello, que a través de las arrinconadas humanidades.
Sr.Wert más allá de su cruzada mediática por ser el ministro más comentado del momento encuentre un momento para colocar en el primer plano del debate el papel esencial de las humanidades.
Muchos se lo agradeceremos. No sólo de polémica vive el hombre.

martes, 11 de diciembre de 2012

El estado del bienestar


El Estado del Bienestar se ha convertido en el gran caballo de batalla de la crisis extenuante que nos está chupando los recursos y las ilusiones como una sanguijuela despiadada. 
Pero, ¿qué es el tan traído bienestar por el que todos clamamos?
Los políticos nos los están desmontando a ojos de los ciudadanos, reajustando a la nueva realidad bajo su propio prisma; lo que nadie discute es que el bienestar está atravesando una tormenta imperfecta. 
Creo que si hiciéramos una sencilla encuesta a los 47 millones de españoles las respuestas acerca de la definición sobre el Estado del Bienestar serían bastante similares, el sentido común abunda mucho más entre los anónimos y sufridos ciudadanos que entre los renombrados políticos. 
Intuyo que Sanidad y Educación encabezarían una lista de elementos irrenunciables por muy mal que se presente el panorama económico. La sanidad universal de calidad, uno de los logros más destacables de la España del siglo XX, no puede verse cuestionada por unas coyunturas adversas.
Ciertamente el desmedido dispendio de la primera década del siglo XXI obliga a drásticos ajustes para aminorar el lastre insalvable del déficit; no obstante, nada justifica los experimentos con gaseosa y sin consenso en áreas tan delicadas como la educación o la asistencia sanitaria de todos. 
Si las encuestas del CIS reflejan de manera creciente la preocupación de los españoles por la trasnochada clase política y la desmedida burocracia de la que se han dotado en los 35 de periplo democrático que nos contemplan, no resulta aceptable la inmovilidad de quienes ostentan los poderes públicos por delegación ciudadana. 
Es necesario tener sentido de Estado, visión de futuro y asumir con autocrítica que lo que nos ocurre a día de hoy no ha caído del cielo como el meteorito que supuestamente exterminó a los dinosaurios sino que, todo lo contrario, es una bomba de fabricación casera. 
No es comprensible que se hayan construido en España aeropuertos de lujo, ganadores de premios de arquitectura, ni kilómetros de AVE en cantidades propias de la China emergente mientras cientos de miles de españoles subsisten en niveles que bordean la indigencia. 
Para que las clases medias y altas puedan llegar a Valencia en una hora y media se han invertido miles de millones de euros que bien podrían haber recabado en I+D o en dotar de una red de asistencia a la depauperada Ley de Asistencia. 
Un país necesita ser valiente, atreverse a soñar, invertir, desarrollar proyectos atrevidos para los cuales puede ser puntualmente necesario pedir créditos, eso no se puede discutir. Sin embargo, no es admisible a indecencia que asoma sin pudor cuando se constata que no ha habido proyecto real de país, que el nuevoriquismo se adueñó de quienes tomaban las decisiones administrando de manera prepotente y desmedida la caja común, sin proteger de manera sólida las piezas más desfavorecidas de la sociedad y, más grave todavía, sin consolidar una estructura productiva de futuro para toda la sociedad.
Nos han robado parte de nuestros sueños y nos hemos despertado, casi de golpe, con una cruda realidad estadística de paro estratosférico, ínfimos niveles educativos en los informes PISA, agujeros negros en casi todas las administraciones y mil episodios más de terror.
La vida es fluctuación y a un año de lluvia sigue un año de sequía, a una etapa de pesadilla y desazón ha de seguir sin duda una de esperanza y futuro. 
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La perspectiva de varios años de crisis hace entrever que los principales actores del sistema: los partidos políticos tradicionales, los sindicatos y la CEOE no sólo no han estado a la altura de las circunstancias sino que se muestran incapaces o reacios a adaptarse a la nueva realidad.
Los ciudadanos, cada uno en su rincón, aunque conectados en un proyecto común que se llama España y Estado del Bienestar no vamos a permitir que aniquilen nuestras legítimas aspiraciones a una digna vida en común.
Las inercias son grandes y la resistencia brutal, pero todo pasa. El Imperio Romano cayó y nuestro enquistado y decadente sistema político acabará por transformarse.
El mundo lo conformamos las personas corrientes, no los expertos, los gestores, los ministros o las dichosas estadísticas, y lo normal es que uno quiera vivir con Bienestar. 
Somos 47 millones y el poder es nuestro, conviene recordarlo todos los días del año. 

martes, 23 de octubre de 2012

Es la educación, ¡estúpido!


En España somos muy dados a hablar de todo sin profundizar en nada las más de las veces. Este entrada del blog es una buena muestra. 
No soy docente, ni experto en la materia, ni trabajo en el Ministerio de Educación, ni soy político, ni tan siquiera soy padre de alumno alguno. Sin embargo, soy ciudadano; observo, escucho, analizo y, a veces, escribo.
Es por ello que el tema de la educación se me antoja la piedra filosofal sobre la cual pivota casi todo, lo bueno y malo, que pasa en nuestro país, y de manera más extensiva en muchas sociedades.
Sin una buena educación el edificio social se tambalea, surgen grietas y no hay consistencia para remozar el proyecto conjunto siendo adaptativo a los nuevos tiempos.
Los famosos informes PISA de la OCDE demuestran año tras año que nuestros niveles no dan la talla, que ni tan siquiera pasamos el corte en las materias evaluadas, siempre por debajo de la media. Furgón de cola en la actualidad y perspectivas de furgón de cola en el futuro, estabilidad en la mediocridad.
El sistema educativo español , que ahora trata de reformar el PP con el polémico y polemista ministro Wert a la cabeza, es el gran talón de Aquiles que todo lo lastra.
No aprendemos las materias con solvencia, desbordamos las estadísticas de abandono escolar, ninguna universidad española está entre las primeras del mundo, no educamos para conocer, apreciar y respetar la democracia que tanto nos ha dado y que tan a menudo es ninguneada, se desmembra un programa de contenidos unitario en favor de un mundo de taifas escolar y suma y sigue ad infinitum.
Cualquier persona con dos neuronas en su sitio y ganas de usarlas se da cuenta de que por ahí van los tiros a la hora de enderezar esta crisis social, que no meramente económica, que ahora padecemos. 
A pesar de esta obviedad poco se hace para revertir esta espiral descendente. Los políticos manipulan el tema jugando como tahures con cartas trucadas, los medios de comunicación denuncian de tanto en tanto sin profundizar e insistir en esta tragedia nacional, sin apoyar con programas y contenidos que ayuden en esa dirección mientras los ciudadanos asistimos bastante pasivos y resignados a este malfacer educativo.

Sin educación sólida y constructiva no habrá salida a la corrupción que nos ahoga, a la desidia generalizada, al descrédito de las instituciones, a la anemia económica y social, al paro sangrante, a la huida masiva de trabajadores al extranjero y a mil y un males más que tan bien conocemos todos en mayor o menor medida.
La temida técnica de la gota malaya debería ser la que guiara la acción de ciudadanos, blogueros, padres, alumnos, medios de comunicación y demás interesados en dar la vuelta a la tortilla pocha que nos intoxica. 
Repitiéndome cual gota malaya, cierro estas líneas tal y como hice con otro artículo hace casi un año, dejémonos de pamplinas independentistas, rescates y demás milongas, ¡es la educación, estúpido!

martes, 9 de octubre de 2012

Lo que Ryanair esconde


Mucho se lleva hablando en los últimos meses de la compañía Ryanair, de sus aparentemente reiterados fallos técnicos y de su cuestionable fiabilidad como aerolínea.
Ryanair no es ni más ni menos que la punta del iceberg de lo que se cuece, a altas temperaturas, en los entresijos de los cielos españoles.
En España, como en todas partes, pero aquí más , que para eso somos muy temperamentales, el morbo y lo sensacionalista vende, y mucho. La campaña desatada en los medios de comunicación a raíz de los incidentes del día 26 de julio ha convertido a la compañía irlandesa en uno de los temas candentes ante la opinión pública.
Siendo controlador aéreo ha sido inevitable que muchas personas, periodistas incluidos, me hayan preguntado la pregunta del millón ¿es seguro volar con Ryanair?
Ni mi posición como controlador aéreo, y menos aún mi papel como periodista en los medios, me permite responder a dicha pregunta. No me corresponde a mi, tenemos a donde dirigir la vista.
En España existe, entre tanta mamandurria y burocracia, un organismo público responsable de responder a dichas dudas existenciales: la AESA, la Agencia Española de Seguridad Aérea.
Creada a finales de 2008 se le presupone la supervisión de las compañías aéreas que operan en España, de los proveedores de servicio de control aéreo y,  en general, de todo lo relacionado con aviones y seguridad.
Poco conocida del gran público, incluso del público aeronaútico, la cautelosa y sigilosa AESA lleva desarrollando una labor tan callada que muchos nos hemos preguntado para se ha creado. Las cosas de palacio van despacio y hay que dar un margen de confianza a toda institución pública, máxime una sobre la que recae semejante responsabilidad, pero todo tiene un límite. Ahora le toca a la AESA mojarse, y hasta las rodillas.
El enredo aéreo español, aquí empieza el tomate, se complica cuando uno analiza en detalle el lugar que cada elemento ocupa en la cadena de seguridad. La connivencia y el compadreo están al nivel de un episodio de los Borgia, las maldades e intereses cruzados puede que también.
Si un Montesquieu volador levantará la cabeza y la posara sobre el sector aéreo español le desconcertaría la evidente falta de separación de poderes.
La cúspide de la pirámide la domina el Ministerio de Fomento, del cual dependen el mayor proveedor de navegación aérea de España, AENA, aún monopolio a día de hoy, la citada AESA y la Dirección General de Aviación Civil, que es el enlace Ministerio resto de piezas.
Para entendernos, AENA, que decide cuantos aviones caben en el espacio aéreo, de lo cual cobra las tasas que la sustentan, depende del Ministerio; la AESA, que supervisa que AENA haga las cosas bien y no se pase de la raya atiborrando los cielos de aviones, etc..., también depende del Ministerio.
Por otro lado la AESA supervisa a las compañías aéreas, aquí entra en juego Ryanair, para que cumplan los protocolos de seguridad, por ejemplo el consabido tema del corto de combustible.
Ni la AESA tiene los medios para ejercer sus funciones en profundidad ni, lo que es peor, una voluntad evidente por el momento de hacerlo en profundidad.

Para muestra un botón que deja en evidencia hasta que punto la endogamia es mala y produce contubernios poco eficaces.
El organismo mundial que regula la Aviación Civil, OACI, determinó en su auditoría de 2010 que en España no se cumplían los parámetros de seguridad estipulados, firmados por nuestro país.  Ese mismo año hubo 47 cuasicolisiones en el espacio aéreo español, cifra desmesurada y nunca estudiada en detalla para su futura prevención.
 OACI considera que en España AENA hace la vista gorda y no notifica, tal y como es obligatorio, todos los incidentes que se producen, añade que la CIAIC (Comisión investigadora de Accidentes), responsable del caso de Spanair por ejemplo, no está bien dotada y que es lenta en sus deliberaciones, lo cual lo hace menos resolutiva, y remata diciendo que la AESA está en pañales y que así difícil que haga cabo su labor, es decir supervisar la seguridad aérea de los pasajeros de avión en nuestro país.
En 2012, vueltas que da la vida, Carmen Librero, entonces directora de Navegación Aérea, AENA, la persona responsable de los incidentes y cuasicolisiones sobre los cuales no se ponía el celo pertinente a la hora notificar e investigar es ahora Secretaria General de Transportes, responsable de la actuación de la AESA.
Resumiendo y en román paladino, quien no hizo las cosas conforme a la ley en 2010 en materia de seguridad aérea es a día de hoy la que tiene que investigar esos hechos, imagino que les suena muy familiar y muy español el asunto, a mi también.
La ministra Ana Pastor tiene sobre su tejado, no ya una pelota, sino un globo aerostático descomunal, en materia de seguridad aérea que debería tratar de resolver antes de que le explote sobre la cabeza.
Sentido y sensibilidad resumen por el momento su actitud, confiemos en que ahora llegue la acción.
Volviendo al origen del artículo, la mal traída Ryanair, denostada ahora en una extraña campaña tal vez orquestada, su fiabilidad depende de la palabra de todo el montaje anteriormente expuesto. Cuesta tener fe ciega en ello, confianza la justa.
A los usuarios, en gran medida indefensos ante la inacción de los que tienen responsabilidad, nos queda al final la última palabra como consumidores, pasajeros en este caso, a la hora de volar o no con una u otra compañía aérea.
 A mi no me gusta Ryanair por sus malas formas y por su marketing engañoso, no puedo poner en entredicho su seguridad. No obstante, lo que me gusta mucho menos todavía es que se haga dejación de funciones desde el Estado al cual sostengo con crecientes y ubicuos impuestos.
¿Ryanair sí, Ryanair no?
Cuestión de gustos, para gustos los aviones.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Vientos de América

Acabo de regresar de los EEUU, país grandioso y grandilocuente, lleno de contrastes punzantes pero que nunca deja indiferente y del cual siempre se puede aprender algo nuevo.
En Europa, y en España sin duda, muchas voces, la mayoría desde la izquierda,  critican a la sociedad estadounidense como despiadada meca del capitalismo individualista donde los ciudadanos viven inmersos en un sistema poco solidario.
Lo chocante del tema es que muchas veces dichos críticos del estilo de vida norteamericano ni siquiera han puesto los pies en la moderna "tierra prometida".
EEUU bien vale un viaje de reconocimiento, las contradicciones y las sorpresas aguardan nada más bajar del avión.
Los EEUU han sido desde su fundación una nación de inmigrantes, de diversos orígenes, religiones y estratos, que empujados tanto por la adversidad en sus países o por sus ansías de superación personal hicieron las maletas para nunca volver. La génesis del país es esencial para lograr comprender en cierta medida el modus operandi y vivendi de los estadounidenses.
A los europeos nos choca la presencia en Estados Unidos,  tanto en la Constitución como en los discursos de sus políticos, y de gran parte de sus ciudadanos, e incluso en los billetes de dólar, de Dios. Nuestras sociedades se precian de separar religión y Estado, aunque en esto fueran también pioneros los americanos, y no obstante,  los conflictos entre religión y laicidad parecen cobrar más fuerza en el Viejo Continente, donde poca mención se hace de Dios en la esfera pública.
Aquí en España es inconcebible que un político diga " que Dios los bendiga" al rematar su discurso electoral de cierre de campaña, allí está a la orden del día.
El origen religioso del país, poblado inicialmente por refugiados protestantes en busca de aires de libertad de culto, ha dejado una huella que el paso de los siglos no ha logrado borrar por completo.
Los extremos se tocan en la América del Norte más que en ninguna otra sociedad occidental; opulencia y miseria, religión estoica y consumismo ateo, hospitalidad y patrullas ciudadanas anti-inmigrantes, etc..... La lista es infinita, tal y como la diversidad humana.  De hecho, estas dualidades desencontradas no hacen sino reflejar y resaltar la grandeza de un país en el cual todo es posible, lo mejor y lo peor.
Creo que en las sociedades europeas nos movemos en unas líneas de comportamiento más intermedias, menos extremistas aunque la agitación política aparentemente desdiga esta afirmación.

Ciudadanos y política juegan a mi entender dos roles diferentes a este y a aquel lado del Atlántico.
En EEUU es difícil sin dinero o sin un talento especial, demostrado vía trayectoria personal, como es el caso de Barack Obama, alcanzar puestos de relevancia en las altas esferas políticas. La supuesta partitocracia de Republicanos y Demócratas enmascara un aglutinamiento de individualidades bajo la bandera de los partidos.
Por el contrario, aquí en Europa, la partitocracia domina sin fisuras la escena política; no es preciso ser brillante ni tener dinero, basta formar parte de los partidos, pasar por el aro y hacer carrera dentro de una estructura cuasi empresarial para escalar posiciones.
En relación al comportamiento ciudadano también hay notorias diferencias que un análisis superficial de ambas realidades revela con prontitud.
Los europeos estamos, a pesar del hastío y de la indignación, o tal vez por ello, mucho más politizados que los estadounidenses. Aunque no lo queramos, nuestras vidas se ven más afectadas por un Estado omnipresente e intervencionista y, a pesar de despotricar en las tertulias callejeras sobre nuestros representantes, votamos más que lo que hacen los estadounidenses.
Al otro lado del charco se habla menos de política, incluso ahora en plena campaña electoral, se vota menos, se espera y exige menos del Estado, y más de uno mismo, y por ende, el nivel de crítica es menor que el de un europeo.
Allí la política es profesional, templada y relativamente ignorada por la gran masa.
Aquí la política es una forma de vida, encendida y comentada y criticada por la gran mayoría.
El asociacionismo y la filantropía son rasgos distintivos de la sociedad estadounidense, poco desarrollados en Europa, que dejan patente que allí se espera más, y con razón, del resultado que uno mismo consiga con su esfuerzo personal,  y menos de la incidencia de posibles ayudas o trabas que el entorno social despliegue.

No pretendo hacer una alegoría de las bondades del "American Way of Life", soy europeo y tengo una mentalidad claramente europea, pero no puede uno dejar de admirar el torrente creativo de una sociedad que sabe reinventarse constantemente y, fundamental por encima de todo, que permite a sus ciudadanos reinventarse.
En esta España en crisis global, donde seguimos a la deriva, incapaces unos, otros y todos de encontrar una nueva fórmula, el nuevo contrato social que nos vaya sacando del remolino, resulta casi imposible cambiar de vida.
Nuestra sociedad desincentiva el cambio, la valentía y el riesgo personal y prima la seguridad y el continuismo. A diario se alzan voces de jóvenes con talento, formación y con ganas de trabajar, también de empresarios emprendedores con espíritu innovador y de ciudadanos con ganas de renovar la vida política, frustrados ante los muros que encuentran en su camino.
Siempre he pensado que las sociedades que mejor sobreviven y que más progresan son las que saben adaptarse y aquellas que saben aprender de lo que otros hacen bien, imitando, mejorando y adaptando a sus circunstancias cada herramienta ajena que cae en sus manos.
En esto, sin duda, nos llevan la ventaja los americanos. Tal vez mirar hacia el otro lado del Atlántico, hacer autocrítica y asumir con arrojo que tenemos muchas cosas que cambiar, manteniendo lo bueno,  pueda servirnos de revulsivo para despegar.
Los vientos, las tempestades, y los huracanes siempre soplan del Oeste, los anticiclones también, quizá es el momento de abrir la ventana y airear la casa y las ideas asumiendo algunos riesgos.
Cambiar no es fácil, en ciertas ocasiones es imprescindible.   

domingo, 29 de julio de 2012

La fibra sensible


Imagino que nos ha pasado a todos, de repente, como una revelación, encontrarnos de bruces con una actividad, con un lugar, con una novela, con algo que abre una puerta emocional hasta entonces ignota.
En mi caso ocurrió hace bastantes años, en otro siglo, en otra edad, en otro contexto.
Una tarde de ocio casero escuché por casualidad, como suelen ser las cosas que nos marcan, una canción portuguesa "Haja o que Houver" del grupo Madredeus, del cual conocía vagamente el nombre.
La melodía, embriagadora en la voz de Teresa Salgueiro, destapó el tarro de las esencias portuguesas, y supuso mi acercamiento a una cultura vecina y ausente al mismo tiempo.
Tras Madredeus, llegó Saramago, y por fin, Lisboa, ciudad soñada antes de ser conocida.
Los vínculos emocionales nos van enredando en su telaraña de sentimientos, dando matices y tonos a una conexión que no logramos nunca explicar racionalmente.
El hechizo portugués ahondó su presencia a través de su música y de su literatura principalmente. Asomaron en sus libros Lobo Antunes, Lidia Jorge, Mourao Ferreira, Pessoa, Vergilio Ferreira Torga y más nombres, imprescindibles en las letras de allende la raya y prescindidos en esta vertiente ibérica.
Siempre me ha parecido que el portugués se destaca como la lengua más poética y emotiva de todas las latinas, distinguida de la sinuosidad francesa, la claridad seca del español o el cántico refrescante del italiano. Obviamente no soy objetivo, reitero mi cautividad del hechizo portugués.
La música portuguesa está indisolublemente asociada al fado y a Amalia Rodrigues; reflejo de un sentimiento melancólico de la vida, con numerosas variantes, y encarnada a la perfección tanto en voces masculinas como femeninas.
El resurgir del fado moderno, tras la estela de su renovadora, Dulce Pontes, nos ha traído a nuestros oídos españoles, joyas como las voces de Cristina Branco, Mariza, Ana Moura, Mafalda Arnauth y, más recientemente, la pujante Carminho. Grande nuestra deuda con el pequeño vecino.
El cóctel sentimental que nos hace apegarnos a una tierra, a una emoción o a una forma de explicar el mundo incluye numerosos y variados. ingredientes.
Música, paisajes, historia, literatura, idiosincrasia, lengua,  y todo aquello intangible que nos seduce sin saber verbalizarlo con precisión.
Cuando se produce el chispazo, cuando la emoción despierta y alguna de nuestras fibras sentimentales vibra con brío honesto y entusiasta, es cuando más conscientes somos de que estamos vivos.
En estos tiempos materiales, de sequía espiritual y de periplos sin rumbo cierto, la fibra sensible nos sirve de brújula para el camino y nos ayuda a recordar, con punzante viveza, que es aquello que nos hace especiales, nuestra humanidad. 

jueves, 26 de julio de 2012

Gracias, Twitter


Hace algo más de dos años aterricé en la red social del pájaro azul, que bien podría ser llamado el pájaro loco a la vista del ritmo frenético con el que gorjea. 
Twitter se va construyendo y transformando día a día, con el uso que sus miembros le damos, tejiendo virtualmente una red de contactos e ideas que tuit a tuit van calando y generando corrientes de opinión.
Ejemplos hay abundantes del impacto que las campañas virales en la red, denunciando un hecho o promoviendo una reivindicación concreta, acaban por tener en los medios tradicionales y por extensión en los ciudadanos al margen del pájaro 2.0.
Mi experiencia me ha llevado a tuitear compulsivamente, a ampliar fuentes de información, saliéndome de los canales tradicionales y también conocer a gente con la que no me cruzaría en mi trasiego diario por el mundo real.
Intercambio de pareceres, sorpresas, polémicas, humor, propuestas profesionales, declaraciones de intenciones y desvirtualizaciones, han logrado que algo a priori tan intangible como un mundo digital  haya cuajado como parte de mis circunstancias.
Somos cientos de miles de viajeros de lo virtual, cruzados y descruzados, que caminamos por las teclas en pos de comunicar, lo que siempre el ser humano ha buscado desde los tiempos de las cavernas.
Más que nunca en tiempos de crisis y de desasosiego generalizado, comunicar, cual catarsis liberadora, se revela como la mejor herramienta de la cual disponemos para aliviar las incertidumbres.
Las modas van y vienen, los métodos cambian pero el concepto básico permanece inmutable: emisor-mensaje-receptor.
Puede que al pájaro azul se le caiga todo el plumaje en unos pocos años y deje de volar;  otros vendrán a ocupar su lugar, a recoger un testigo siempre necesario ya que, le pese a quien le pese, la mente vuela libre y no hay quien la consiga parar.
Emitir un tuit, sea cual sea su índole, se asemeja a mi entender al acto del niño que mete un mensaje en la botella de cristal y lo lanza al mar a la espera de corrientes favorables y de un receptor.
La corriente del momento es fuerte e impetuosa, no es momento para escatimar botellas, ya sabéis, comunica que algo queda.

miércoles, 11 de julio de 2012

Doble rasero


Ocupa estos días las portadas de todos los medios de comunicación la marcha de los mineros, que ayer mismo confluyó en Madrid desde distintos puntos de España y que hoy se ha manifestado, con algunos altercados, frente al Ministerio de Industria. 
Según el medio de comunicación, se trata de una noticia de primera magnitud mientras que para otros la cosa no pasa de algarabía reivindicativa, cosas de la prensa y de la perspectiva ideológica. 
La lucha del sector minero español ante el crudo futuro que atisba a la vuelta de la esquina es perfectamente comprensible y lícita, sea o no viable el sector de la minería, defienden su forma de vida. 
Que dicha defensa se vea acompañada de violencia empaña y distorsiona la percepción que los ciudadanos podemos tener de la misma; como era de esperar para algunos medios la violencia es casi justificable cuando para otros son tropelías inadmisibles. 
En España gustamos de tomar partido rápidamente en cualquier tema de calibre que salte a la palestra de la actualidad, tengamos nociones o no, opinamos las más de las veces desde el sentimiento más que desde la razón.
Con el tema minero a mi me choca de manera notoria la politización del asunto, la izquierda volcada con los mineros, mientras el gobierno trata de aminorar el impacto de las protestas y su repercusión.
Es increíble escuchar a políticos de "primera línea" defender con uñas y dientes los derechos laborales de los mineros tras haberlos oído masacrar a pilotos y a controladores aéreos por hacer lo mismo con sus profesiones. Si los pilotos de Iberia van a la huelga para protestar se ve que son caprichosos tocapelotas que tan sólo defienden privilegios, si la montan los mineros son trabajadores representando un episodio más de la lucha de clases. 
Es triste constatar que en 2012 todavía se manejan discursos trasnochados que tratar de establecer castas de buenos y malos trabajadores, no basta con demonizar a los empresarios sino que también entre los currantes unos merecen más que otros. No estoy hablando en ningún momento de dinero sino de respeto a los derechos laborales y al cumplimiento del pacto que todo trabajador tiene con su empleador. No es uno merecedor de menos o mas derechos en función de los salarios, aunque alguna famosa periodista así me lo planteara en directo en una entrevista hace un par de años al hablar de las vicisitudes laborales de mi profesión.
España es un país cainita ya que a demasiados les molesta que la hierba en el jardín del vecino esté más regada, el mal de otros consuelo de mis miserias no debiera ser un lema tan fácilmente asociado con nuestra idiosincrasia.

Asistimos a tiempos, hoy es buena muestra, de recortes, reajustes, rescates y disgustos en cadena, casi todos los ciudadanos, en mayor o menor medida los sufrimos. 
La unión hace la fuerza y aunque los intereses particulares de cada persona y de cada gremio entran inevitablemente en conflicto no es conveniente olvidar que el respeto hacia uno mismo, y hacia la sociedad, empieza por el respeto a los derechos ajenos.
Los dobles raseros, o los triples o los cuádruples son más bien propios de sociedades atávicas donde la razón, la ecuanimidad y la justicia apenas tienen arraigo. 
En tiempos de tormenta hay que mantener el optimismo y no perder nunca de vista la máxima de tratar a los demás como nos gustaría ser tratados a nosotros mismos. 
No está de mas recordar las palabras de Bertolt Brecht: " cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad"

viernes, 6 de julio de 2012

Tierra prometida


Regresé hace unos días de un viaje a Israel, país complejo y enrevesado como pocos, foco constante de la atención internacional. 
Desde la lejanía, a través del filtro de los medios de comunicación, nos formamos imágenes de realidades ajenas, en general simplificadas y estereotipadas que no siempre se corresponden cuando se produce la desvirtualización.
Israel y Palestina, la tierra prometida del Antiguo Testamento, encierran entre sus agitadas fronteras más historia que cualquier otro rincón del planeta. Sólo por este motivo bien merece una visita la zona, fuente de sorprendentes contrastes y de agrias contradicciones.
Muchos sostienen que Israel es un país irreal, que se sostiene artificialmente ante la amenaza de destrucción por parte de sus vecinos más próximos; enjambre de personas diversas, unidas por el vínculo religioso más allá de otro tipo de coincidencias.
No hay un solo Israel, ese de violencia y fanatismo religioso que tan a menudo nos muestran los televisores, sino mil y un Israeles: el árabe, el judío, el religioso, el pagano, el pudiente, el sufridor, el inmigrante, el turista.....
Las dos contrastadas caras que Jerusalén y Tel Aviv muestran como tarjeta de presentación de una tierra en permanente ebullición son reveladoras de la multiplicidad de capas superpuestas dentro de la sociedad israelita. A nueve kilómetros de la Ciudad Santa de las tres grandes religiones, se encuentra Belén, la mítica aldea de la natividad. Un muro separa ambas realidades, la primera, capital oficiosa del judaísmo y la segunda ciudad musulmana en territorio ocupado. 
Viajar por Tierra Santa, por las poblaciones árabes, por el imponente Mar Muerto y por el cosmopolitismo de Tel Aviv da idea de que a pesar de los problemas, la vida y el ser humano se esfuerzan siempre por salir adelante y por convivir, a gusto o a disgusto, dentro de las circunstancias. 
Muchos occidentales tienden a tomar partido por una de las dos supuestas realidades en conflicto en la antigua Judea: los judíos y los árabes, mártires u opresores según el enfoque particular. 
Los matices que un país tan anómalo presenta en el contexto mundial debería servir más que como ejemplo perfecto de bomba de relojería geopolítica, como un intento, dramático, creativo y desgarrado, no sé si fallido o no, de como hasta en las sociedades más cuestionadas la sociedad se impone por encima de la adversidad.
Si tienen oportunidad de ir a Israel, no la dejen pasar, pongan a un lado los prejuicios que puedan tener y observen con serenidad las lecciones que de allí se pueden extraer.
No hace falta ser religioso para entender, dando un mero paseo por la Antigua Jerusalén que las religiones y la necesidad del ser humano de creer en algo superior han sido, y siguen siendo en muchas partes, la fuerza impulsora más importante de la historia de la humanidad. 
Somos seres pensantes, racionales y, sin lugar a dudas, emocionales.
La emoción es,a fin de cuentas, el quid de todas las cuestiones. 

lunes, 18 de junio de 2012

Sueños rotos


Todos tenemos sueños, algunos se cumplen, otros no, es ley de vida. No obstante, los sueños propios que otros nos quiebran generan una gran frustración y una sensación de impotencia. Hay pocas cosas más indecentes que jugar con las ilusiones y la vida de las personas y esto es lo que se ha hecho en España con los aspirantes a controlador aéreo en los últimos años.
Cuando yo accedí a la escuela de control, en 1997, los exámenes requerían ser titulado universitario al menos de grado medio y era preciso pasar unas pruebas psicotécnicas, una prueba de inglés, entrevista personal y un reconocimiento médico. En contra de lo que maldicientes corifeos han repetido hasta la saciedad en los medios, el proceso era abierto y transparente, no se entraba por enchufe; el nivel de endogamia era y es mucho menor que en otros contextos laborales, y el curso era gratuito para el alumno.
Tras la irrupción del ministro Blanco en el ministerio de Fomento las cosas se fueron torciendo paso a paso, parte de un plan destinado a desprestigiar y hacer añicos mi profesión. Primero se eliminó el requisito de tener titulación, malas lenguas dijeron que el ministro lo hacía para poder así presentarse a las mismas en un momento dado.
Después, marearon a la opinión pública hablando de los controladores militares, confundiendo, y faltando a la verdad al no referir las distintas habilitaciones que los controladores civiles y los del ejército tenemos en el desempeño de nuestras funciones.
El antiguo ministro de Fomento tuvo incluso la jactancia de prometer que tendría a 3000 controladores aéreos en paro a disposición permanente de los proveedores del servicio de control. Aquí fue donde el señor Blanco, desgraciadamente, parece que estuvo más atinado en sus predicciones.
Las tasas aéreas, que prometió bajar tras recortar drásticamente la masa salarial del colectivo al que pertenezco, no han hecho sino subir y subir y vuelta a subir, asfixiando a unas compañías aéreas ya en horas difíciles. 
El problema de la falta de controladores y de las demoras por la congestión del espacio aéreo español se ha aminorado, que no desaparecido, tan sólo por la coyuntura de la crisis económica; la cual nos da unas bajas cifras de tráfico al nivel de hace bastantes años. 
Mientras tanto los nuevos alumnos con sueños de ser controlador aéreo empezaron a formarse para hacer un curso de seis meses en la escuela oficial, SENASA, tras desembolsar unos 40000 euros del ala, nunca mejor dicho. Son números de vértigo equiparables a lo que cuesta un MBA en las prestigiosas escuelas de negocio españolas.
Como el proceso de privatización de las torres de control ha ido más lento que la obra de El Escorial, se han ido acumulando promociones de controladores en paro, ansiosos por una oportunidad profesional.
La semana pasada recibí el correo de una de ellos, desesperada, narrándome que el 70% de los que han acabado el curso no han sido seleccionados por el nuevo proveedor, FerroNats. El, gracias, hemos recibido su CV, ya le llamaremos, que en otras profesiones es dramático, en control es demoledor ya que no hay otro lugar, otra empresa a la que solicitar empleo.
AENA no va a contratar a nadie ya que insiste en que está sobredimensionada y estos alumnos estafados tampoco tienen una salida laboral en el extranjero al no tener ninguna experiencia real con aviones más allá de un simulador. 

Muchas personas se han acercado a mi pidiéndome consejo ante la duda de si hacer o no el curso, yo no soy quien para darlo, el panorama habla por si solo. 
Es más, los pocos afortunados seleccionados para trabajar han recibido ofertas laborales de unos 1500 euros de sueldo para trabajar a turnos, con responsabilidad penal en caso de accidente y sometidos bajo la ley de Seguridad Aérea hasta a multas de millones de euros, una bicoca. 
El ex-ministro prestidigitador creó una trampa quimera en la que muchos cayeron, pocas veces alguien hizo tanto mal a tantos en tan poco tiempo.
Aviso a navegantes aspirantes a controlador, sopesen bien sus opciones antes de embarcar, las turbulencias están garantizadas.
Sin embargo, por encima de tormentas perfectas e imperfectas, la vida continúa, la laboral también. 
No debemos dejar que otros decidan por nosotros cuales son nuestras metas y hasta donde vamos a luchar por conseguirlas, recuerden que, siempre, el que resiste gana. 

miércoles, 6 de junio de 2012

Zahoríes digitales


Zahorí es una palabra con aires mitológicos, una figura y un concepto que los de mi generación reconocemos vagamente familiar, asociada a documentales antiguos de la 2 tipo "Jara y Sedal"
Los zahoríes, buscadores de agua, y por ende de vida, de riqueza y de sueños, han desparecido de nuestra vida, incluso de nuestro imaginario colectivo.
Para los más jóvenes esta exótica y extraña palabra poco o nada significará, en el mundo digital y visual que nos acecha, poca cabida hay para supuestos magos armados con varillas de madera.
Sin embargo, muchos de nosotros, sin ser conscientes, nos hemos convertido ocasionalmente en zahoríes 2.0, ávidos de acceso a las nuevas tecnologías. 
En un reciente viaje al extranjero, un grupo de amigos del cual formaba parte, recorrimos pueblos rurales en busca de una buena señal de wifi que llevarnos al móvil. 
Es tan jocosa como llamativa la creciente dependencia que experimentamos de las redes digitales, de la información y de la mensajería instantánea. 
Si antaño el agua, cada día más escasa, era un bien procurado, hoy lamentamos con agrio descontento la privación de la conectividad constante e inmediata. Al igual que los hombres colonizamos implacables los continentes, ahora las antenas y los satélites colonizan todos los rincones para el intercambio de información. Van cayendo los muros del silencio y las redes digitales expanden su telaraña.
No obstante, según momento y circunstancias, sobreviene el apagón 2.0 y es aquí cuando, descolocados por la anómala situación, muchos nos transformamos en zahoríes modernos. 
"No sin mi wifi" bien podría ser un lema que resumiera el sentir de muchos infoadictos. 
El ser humano, adaptativo como ninguno, aunque no siempre sea consciente de este gran talento que atesora, demuestra que bien sea con una vara o móvil en mano, es una criatura en búsqueda perpetua. 
La sequía, en cualquiera de sus expresiones, no es algo que acatemos con resignación. 
¡Buscad, zahoríes, buscad!

sábado, 26 de mayo de 2012

L'Europe, Douze Points!


Se celebra esta noche el famoso y a la vez denostado Festival de Eurovisión de la canción, el cual creo que bien merece unas líneas de reflexión.
Es un fenómeno sociológico digno de estudio que, con sus altibajos, se ha mantenido a través de las décadas contra viento y marea por más que muchas voces lo traten con cierto desdén.
Algo que surgió en 1956 cosa de pocos, en una Europa que salía de la posguerra, ha ido creciendo con el continente, reflejando los cambios históricos que este ha experimentado para llegar a consolidarse como un referente en todos los países que en él participan.
Muchos ciudadanos denostan el festival por cutre y hortera, escaparate de melodías comerciales, olvidables y prescindibles. La parte de razón que dichas críticas arrastran no puede hacernos olvidar que el Festival es la mayor celebración conjunta de tipo cultural que se celebra en Europa, sí han leído bien, cultural. Esto lo dice casi todo de los lastres que a día de hoy cuelgan del proyecto Europa 
La Unión Europea, núcleo duro del continente y a la cual pertenecen la gran mayoría de participantes, no ha sido capaz en sus años de vida, casi los mismos que Eurovisión, de poner en marcha eventos culturales que ayuden a acercar a los europeos más allá de la cooperación económica y normativa.
El programa Erasmus destaca como el otro puntal de cooperación e integración en un continente que sigue desconociendo demasiado de los vecinos con los que comparte cama económica para bien y para mal.
Para los europeos que vivimos el festival en nuestra infancia, cuando aún tenía prestigio y se seguía de manera masiva, esta nueva Europa de naciones irreales tipo Azerbaiyán que ni siquiera existían entonces resulta exótica y lejana pero real a través de sus representantes año a año.
Eurovisión nos recuerda, sutilmente, entre gritos, baladas y músicas bailongas insufribles, que Europa es un continente diverso, en cambio constante y que al final son las personas, mediante sus expresiones culturales las que van conformando las sociedades y limando las asperezas de los roces. 
Deberían tomar nota Merkel y los eurócratas de la cojera de la mesa europea, del malestar en muchos países, no solo en Grecia, no solo por la crisis, y del recelo de muchos europeos ante lo que la Unión Europea representa en sus vidas. 
La pata de la cultura, del conocimiento del otro, de la unidad en un proyecto común dotado de alma y sentimiento, el mejor pegamento que el hombre conoce, resulta demasiado corta y hace que la mesa se tambalee y amenace con caer.

Capitales europeas de la cultura, festivales conjuntos, programas de intercambio de estudiantes, programas de cooperación entre empresas intercambiando trabajadores, etc... son parches en un tapiz que no tendría que crecer año tras año.
Deberían ser los valores y la creatividad europea, en general mucho más similares de lo que pensamos, los que cimentaran una idea del mundo que bien merece la pena, y no únicamente los euros, los presupuestos y los planes de ajuste. 
Falta una Europa humana y por ello el Festival, con sus defectos y sus vicios, sigue flotando como un corcho año tras año, haciendo sentir a los Eurofans que pertenecen a un barco extraño y común en el que navegar compartiendo camarote. 
L'Europe, douze points!

jueves, 17 de mayo de 2012

Mamá quiero ser periodista


Dicha frase substituyendo el artista por el periodista bien sirve para poner de manifiesto la aparente vocación necesaria para el desempeño de ambas, así como también dejar intuir las posibles reticencias del entorno por dicha preferencia.
¿Se ha convertido el periodismo en una profesión mal vista a ojos de los padres o de la sociedad?
En el momento actual de crisis de confianza en las instituciones, el ciudadano tiende a reaccionar de dos maneras complementarias y contradictorias; por un lado, ávido de información se lanza a leer la descripción que los medios hacen de la realidad, por otro, saturado y angustiado por lo que percibe, se centra en su día a día más cotidiano y menos incomprensible.
Hace poco me decía una conocida periodista que la carrera de Periodismo es la más inútil de cuantas existen, lugar común de muchos compañeros de profesión, yo discrepo de semejante aseveración.
Hay mucho que criticar en los planes de estudios universitarios en España, por ejemplo, en Periodismo de la UCM clama al cielo que no haya asignaturas de enseñanza de lengua extranjera en este 2012 irremediablemente global. No obstante, la universidad, la carrera de periodismo, dota al alumno de una estructura mental, de una visión, superficial, pero visión al fin y al cabo, de lo que la profesión representa,  aportando herramientas que ayudan a empezar a volar libres y a trompicones, la mejor manera de aprender: prueba-error.
El periodismo es imprescindible en esta coyuntura de cambio de modelo al que nos enfrentamos, es a la vez partícipe y artífice del mismo, en una peligrosa doble función que provoca turbulencias que constatamos a diario. El debate sobre el lugar de la prensa, sus ramificaciones con el poder, su crisis de audiencias, de contenidos, en un río que no cesa y que no debe dejar de fluir.
Está en manos de los periodistas, a través del teclado y mediante su voz, el lograr un periodismo digno y conseguir que la sociedad comprenda cuanto necesita de dicho periodismo. Toda vocación es más fuerte que los obstáculos que en su camino.
Yo estudié Periodismo sin gran convicción, acabé la carrera en 4 años en vez de 5 acelerando el proceso para zanjar una situación de incertidumbre y de cierta insatisfacción. Nunca pensé que tendría que ejercer de periodista, ni poner en práctica lo poco que pensaba haber aprendido en aquella fortaleza de hormigón que es la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid.
Pero la vida, en sus meandros y en sus vericuetos, me lanzó a los rápidos de los medios de comunicación una primavera de 2010 y entonces, 16 años después de haber abandonado aquellas aulas, pude comprender que las cosas tienen un sentido que a veces se nos escapa y que todo lo aprendido, por nimio que parezca, viene a nuestro rescate cuando uno más lo necesita.
Es irónico que haya que alejarse tanto, en el tiempo y en la distancia de la trayectoria personal, para poder entender que nuestras decisiones siempre encierran una base de lógica vital, pudiendo así decir, con décadas de retraso aquello de "Mamá, quiero ser periodista"

viernes, 11 de mayo de 2012

Juego de tronos


Guerra, poder, intrigas, egos, venganzas, maquinaciones, despechos, alianzas y mucho más son ingredientes del cóctel de pasiones humanas que conforma la afamada serie Guerra de Tronos, éxito televisivo mundial vigente.
Mi artículo de hoy no versa sobre las puñaladas entre los Lannister y los Stark, aunque todo el explosivo mix de intereses desencontrados forman parte del tema a tratar.
En esta España en caída libre, aeronave falta de combustible, plan de vuelo y, aparentemente, de pilotos certificados, se adolece de buena parte del enconado contrapeso que la novela de los siete reinos muestra capítulo a capítulo.
Aquí nos encontramos con una casta política, de partidos diversos, que cual chapapote institucional ha ido ocupando casi todos los estamentos que conciernen al control del Estado, llegando a invadir estancias propias de los ciudadanos. No hay verdadera competencia por el poder, no hay contrapesos, controles reales, todo es demasiado parecido como para mantener al sistema saludable.
No es de recibo que no haya requisitos mínimos para dirigir el país, y es muy indecente que las responsabilidades por una nefasta gestión tan solo se vean expuestas al posible castigo de las urnas. 
No es de recibo que la Justicia esté mediatizada por los partidos políticos, los cuales prostituyen y limitan la independencia de la misma sin visos de solución. 
No es de recibo que políticos y sindicalistas campen a sus anchas en los Consejos de Administración de las Cajas y de las empresas públicas. 
Es inevitable que los factores subjetivos que todos aportamos con nuestro punto de vista del mundo trasciendan en los grupos dentro de los cuales participamos. Lo que no es deseable y sí muy pernicioso, a la vista está, es que un pequeño número de personas, muchas de ellas cuasi indocumentadas, determinen los designios de toda una sociedad. 

Hay que independizar la Justicia, las empresas públicas, TVE a la cabeza, limitar los mandatos electorales y dejar de tratar a la población como si fuésemos meros espectadores de un partido en el que tan sólo nos dejan comprar entradas cada cuatro años. 
Que los estamentos pugnen entre ellos con independencia, que los jueces elijan a sus representantes y los trabajadores de empresas públicas a sus gestores. El equilibrio es una virtud fundamental para que un tenderete no se venga abajo, el español no parece sostenerse muy firme; así que más que nunca, hay que permitir que los ciudadanos, jueces, funcionarios o asalariados, se labren su carrera profesional sin tanta intromisión de los políticos. 
El Estado está para equilibrar desigualdades extremas y coadyuvar para que una sociedad mejore conforme a unas reglas básicas de convivencia, no para regular cada nimio detalle de nuestras vidas ni para sablearnos casi por respirar.
Gran Hermano fue primero una novela y, más tarde, un formato televisivo de gran impacto, no permitamos que se convierta en el pan nuestro de cada día. 

sábado, 5 de mayo de 2012

Más que un club

Siento decepcionar a los culés pero no voy a hablar del Barça, este post no va de fútbol, en realidad tampoco va de baloncesto aunque su protagonista sea el madrileño club Estudiantes, y ese señores lectores, sí que es mucho más que un club.  
Quiero con estas palabras rendir homenaje a una parte imborrable de mi memoria juvenil que representa un atípico caso dentro del panorama social español.
El club de baloncesto Estudiantes fue fundado en 1948, ligado al colegio Ramiro de Maeztu, con don Antonio Magariños como impulsor del revolucionario concepto de aunar educación y deporte en la España de posguerra, siguiendo la estela de las instituciones estadounidenses. 
Con el paso de los años, cuajado el proyecto, y asentado ya el club como un clásico de la primera división del baloncesto nacional, Estudiantes y Ramiro de Maeztu pasaron a ser indisolubles a ojos de los madrileños.
Fui estudiante tanto del Colegio como del Instituto, situados en la Calle Serrano de Madrid, doce años esenciales de mi formación personal, vividos en aquel inmenso y fantástico conglomerado de edificios. 
Asociar deporte y educación de aquella manera fue algo pionero, fructífero, emblemático y emotivo, que dotó de personalidad a una institución por la que hemos desfilado miles y miles de madrileños desde hace casi un siglo.
La mítica afición del club, la Demencia ocupa un lugar de honor entre las aficiones españolas, entregada, ocurrente e incombustible como pocas.
A día de hoy el club Estudiantes es la mayor cantera de baloncesto de Europa, un mérito épico poco reconocido, a mi entender, por la sociedad española, particularmente por la madrileña a la que pertenece y representa. 
Cuando el fútbol parece adueñarse de la escena deportiva de manera omnipresente, cuando se habla de crisis educativa, más que nunca, es momento de mirar hacia este ejemplar proyecto para valorarlo como  referente y modelo en tiempos de zozobra. 
Si los distintos gobiernos democráticos hubiesen asociado con mayor entusiasmo educación y deporte en vez de lanzarse a la cabeza las distintas reformas educativas, es probable que otro fuera el panorama docente español a día de hoy.

Este domingo por la tarde el Estudiantes enfrenta, una vez más, el fantasma del descenso de categoría, un peligro sorteado con heroicidad en ocasiones anteriores. Tan solo tres clubes españoles de baloncesto pueden decir con orgullo haber sido siempre miembros de la categoría máxima, Real Madrid, Joventut y Estudiantes. 
Mañana, pase lo que pase, no cesará esta epopeya de deporte y deportividad,  de esta rara avis, simbiosis de baloncesto y espíritu educativo, que el Estudiantes siempre ha representado.
Mucho más que un club, especialmente para los que aprendimos a caminar en la vida a su vera.
Otra episodio más de una página de la historia de Madrid, una reivindicación de como con pasión y con un proyecto positivo se puede llegar muy lejos.
Tomemos nota todos, esos son los senderos a transitar. 

lunes, 9 de abril de 2012

Cruce de caminos


Llevo unos días tratando de organizar papeles, carpetas, agendas antiguas y también cientos de fotos desordenadas. 
Entre foto y foto, va uno atravesando de nuevo etapas de la vida que se han ido para no volver y también amigos y conocidos que ya no forman parte de nuestra cotidianidad. 
No sé si el tiempo pasado fue mejor o peor, desde luego éramos más jóvenes y más ingenuos, y aunque la coyuntura actual pueda llevar a pensar que aquello era más boyante, todo depende en realidad de la actitud con la que encaremos cada momento.
Recuperar el pasado y la memoria, histórica o personal, es una cosa difícil de gestionar; puede que el pasado se resista y nos rehuya. 
No obstante, recuperar a personas que se han ido cruzando en nuestro camino es una tarea más alcanzable y que puede reabrir puertas de estancias vitales no del todo recorridas. 
En el periplo de cada uno de nosotros van quedándose rezagados, en la cuneta, amistades, compañeros de trabajo, familiares, ex y demás personajes del vodevil que la vida significa a fin de cuentas. No todos son recuperables, ni es deseable enfrentarse a ciertos fantasmas, pero siempre encontraremos a alguien valioso en el baúl de la memoria si nos tomamos la molestia de hacer balance. 
Hace poco me comentaba un amigo, coach y emprendedor empedernido, sobre una técnica que aplica con personas que se encuentran sin trabajo. Les hace llamar por teléfono a gente que en el pasado les dio una oportunidad profesional, así, a bocajarro. Cuesta encontrar a veces el número pero el Gran Hermano 2.0 que todo lo sabe suele ayudar en las pesquisas. Me decía que los participantes en esta dinámica suelen quedar sorprendidos doblemente, primero por la chocante propuesta, y después, por la habitualmente positiva reacción de los rescatados del olvido.
Mucho se habla ahora, a raíz de la crisis, de recuperar valores, replantearse el modelo, valorar las cosas pequeñas, y mil maneras más de resaltar, que otros enfoques son urgentemente necesarios. En estas épocas de incertidumbres y pesadumbre social puede resultar muy terapéutico atreverse a abrir la Caja de Pandora de nuestra historia. 
Les reto a ello, estoy convencido de que más de una alegría se llevarán. Somos lo que somos y estamos donde estamos, en gran medida, por el aporte de todas esas personas que se cruzaron en el escenario de nuestro vodevil particular.
Rebusquemos en las fotos de la memoria, pueden que nos aporten mucho más que el runrún de tanto bombardeo informativo intrascendente. 

viernes, 30 de marzo de 2012

Chapapote informativo


Si el Prestige nos trajo al lenguaje coloquial la palabra chapapote, el chapapote de los medios de comunicación nos trae el desprestigio que sufre hoy en día el periodismo.
La crisis económica y social que atravesamos, padecemos y cabalgamos, ha puesto de manifiesto la incapacidad de los medios de comunicación para adaptarse a la misma y ganarle la batalla.
No me refiero tan solo a su cruzada particular en la transición de los medios impresos a los digitales o la competencia por la publicidad menguante.
El mundo no es el mismo que hace diez años, internet ha abierto miles de ventanas a los receptores de la información, los cuales mediante las redes sociales, los blogs y una actitud más crítica y escéptica esperamos otro tipo de periodismo.
La comunicación de masas tal y como la hemos conocido se fraguó a finales del siglo XIX, acompañando a la revolución industrial e informando a las crecientes clases medias de los países más avanzados. El siglo XX fue su siglo de oro, modelando a la sociedad a la vez que la reflejaba, impacto dual que ahora parece haberse quebrado.
Que los grandes grupos de comunicación sigan guiándose por unas ideologías cada vez más descafeinadas y desdibujadas, apoyando con descaro a diferentes fórmulas políticas pudo funcionar en el contexto antiguo, ahora ya no aceptamos con tanta parsimonia discursos enconsertados. 
¿Qué será del ABC en unos años? Sus lectores, de alta media de edad, deben de estar desconcertados ante el giro sensacionalista del medio. 
¿Sobrevivirá un amarillista El Mundo a la retirada de Pedro Jota Ramírez?
¿Logrará salvar un decadente grupo Prisa a su tocado bastión, El País, antaño diario independiente de la mañana?
Muchas preguntas sobrevuelan los conceptos del periodismo tradicional y sus gurús, al igual que los políticos sobre los que tanto informan, se han centrado en parar la hemorragia parcheando sin replantearse a fondo un cambio de modelo.
El periodismo ha sido hasta ahora opinión ideológica muy definida según el medio y actualidad a destajo. No parece que los tiros de la nueva era digital vayan por ese camino agostado. Opinión sí, imprescindible, pero con matices y sin tanta salsa partidista. Actualidad menos, ¿quién se acuerda del asesino de Toulouse? Fue absurda portada de todos los medios españoles hace una semana y pocos recordarán ya su nombre. ¿Qué impacto tuvo en nuestras vidas? ¿Cuántos muertos hubo en la última explosión en un mercado de Bagdad? Ni lo recordamos ni lo queremos recordar. Es una historia trágica que desgraciadamente no tiene impacto periodístico por repetición extenuante y falta de relación con el receptor.

El momento parece requerir un periodismo extensivo, de análisis y profundidad, frente al superficial periodismo intensivo de primicias irrelevantes.
Queremos saber el por que del conflicto sirio, no el detalle morboso del día a día, no es cinismo, es realismo de enfoque. Para poder concienciar, mover a la reflexión, y producir cambios sociales, que es uno de los trasfondos ineludibles de todo periodismo serio, hace falta más contenido y menos estruendo de la inmediatez.
El desapego hacia la prensa no es irreversible, es cuestión de volver a encontrar la sintonía con millones de receptores que siguen esperando los mensajes y que ahora exigen menudos ruido y más nueces, a la par que la oportunidad de expresar sus opiniones.
La encrucijada plantea varios senderos pero el único que conducirá al éxito y a la supervivencia será aquel que revalorice el papel del ciudadano y de la sociedad civil como gran protagonista de la nueva era.

lunes, 26 de marzo de 2012

Desmemoria histórica


No tuve la suerte de poder disfrutar de mis abuelos mucho tiempo, apenas conocí a mis abuelas y el último abuelo en partir lo hizo cuando yo tenía poco más de 7 años.
Siempre he añorado esa relación tan especial que en ocasiones se establece entre abuelos y nietos, carente de las tiranteces que se dan entre padres e hijos, el salto generacional suele aliviar las tensiones.
Nuestra sociedad está compartimentada en diferentes burbujas difíciles de romper: burbujas de edad, burbujas sociales, burbujas culturales, burbujas ideológicas, cada una flota libre rozándose levemente o ignorándose con desparpajo.
La llamada Tercera Edad supone en España un conjunto de unos 8 millones de personas, una cifra imponente que crece año a año en cifras totales y en porcentaje sobre la población total del país.
Puedo que no los veamos, o no los queramos ver, pero nuestros mayores son y están y no reciben toda la atención que necesitan y merecen.
Los medios de comunicación y las tan de moda redes sociales muestran una visión del mundo dominada por los jóvenes y los maduros; los primeros son el gran objetivo de las marcas como consumidores potenciales, y los segundos, los que toman las decisiones políticas y económicas que condicionan nuestras agendas personales.  
Sin embargo, ¿qué pasa con los mayores de 65 años?
Hace tres décadas gozó de cierto éxito en la televisión española una serie llamada "La fuga de Logan" en la cual se describía una sociedad que eliminaba a sus ciudadanos a los 30 años, fecha límite para vivir, en pos de un equilibrio social. Se trataba de Ciencia Ficción que planteaba de soslayo debates sobre el crecimiento de la población, el control de la natalidad, y el concepto de vejez. 
Basta hoy en día abrir un periódico o ver una serie de televisión para darse cuenta de que la vejez no vende, no ocupa portadas y no es muy tenida en cuenta. Imagino que los ancianos son los mayores consumidores de televisión, ocio barato y fácil de digerir, y, paradójicamente, apenas hay contenidos específicos para ellos. Cuesta encontrar personajes de ficción que reflejen la realidad de los mayores, que atiendan a su problemática. 
La generación que ha vivido una de las épocas más duras de la historia de España, la Guerra Civil y la Posguerra, transita ninguneada por esta España desmemoriada del siglo XXI que no quiere reconocerse en sus humildes y esforzados orígenes.

Ser mayor no significa hacer labores de padre con los nietos, ni estar aparcado en una residencia, ni tampoco pasarse la tarde jugando a las cartas o al domino en el Centro de Mayores del pueblo. Hay muchas realidades más allá de los 65 años, millones de personas activas, con historias, con trayectorias, con proyectos y ese es un caudal humano que no estamos teniendo en consideración. 
Mi tía Amparo tiene 87 años y es la heroína familiar. Estudió una carrera contra el criterio paterno, crió una familia numerosa y es amena, ocurrente, irreverente, y logra inspirarme más con su conversación que la mayoría de la gente de mi edad; no es un caso aislado, hay miles de mayores que brillan con luz propia por encima del ostracismo social. 
Tal vez un motivo de la crisis de las sociedades actuales se debe a que en nuestro empeño por ser los más modernos nos olvidamos de conservar y valorar lo que fuimos previamente. 
Quizá ahora toque pararse a pensar, reconsiderar conceptos y prioridades y mirar para atrás, buceando en lo que fuimos para averiguar donde se nos torció el camino y así poder enderezarlo.
Mientras tanto seguiré confiando en que no está lejos el día en que los abuelas y las abuelos consigan hacerse oír, a pesar del apagón informativo que sufren, y se conviertan en Trending Topic diario. 
Se lo merecen. Hay mucho recorrido hasta el final del camino.  

miércoles, 21 de marzo de 2012

Cambiar de chaqueta


Se dice que el hábito no hace al monje pero depende de como se interprete la frase, esta adquiere significados antagónicos.
En general, en la vida, todos acabamos adoptando un hábito, un traje que nos define, mezcla de personalidad y de profesión, el cual proyecta nuestra tarjeta de presentación ante los demás.
Primero luchamos por superar la carrera de obstáculos que el crecimiento conlleva, y, cuando estamos inmersos en pleno proceso nos toca definirnos profesionalmente.
Nuestro sistema educativo no deja mucho margen a la creatividad o a la reflexión de los alumnos, el manido "estudias o trabajas" es fiel reflejo de como nos toca elegir trascendencias a salto de mata.
Con este discurrir es comprensible que muchos de nosotros no nos reconozcamos en nuestra chaqueta cuando, ocasionalmente, tenemos la valentía de mirarnos en el espejo de la reflexión.
Cambiar hábitos cuesta tantas batallas interiores que las más de las veces ondeamos la bandera blanca y nos rendimos ante nuestra propia derrota.
Una de las asignaturas pendientes de esta España en crisis existencial es lograr que las personas tengamos el empuje y el apoyo para saber colgar la chaqueta que no nos gusta o que se nos ha quedado pequeña y nos asfixia. EEUU es un buen ejemplo a imitar en estos asuntos de reinvenciones  y cambios de carrera, allí nunca es tarde para dar giro de 180º sin que ello conlleve que nuestro vuelo personal entre en barrena.
El miedo a cambiar, el miedo al que dirán, el miedo al fracaso, el miedo a la inseguridad son trabas que lastran más a unas sociedades que a otras, especialidad de la casa patria, como el ibérico.
Visto que el sistema que tenemos no funciona hay que plantearse seriamente cambios profesionales para lograr que la nave arranque de nuevo.
Más que nunca se hacen necesarios apoyos desde organizaciones, administración y entorno, para animar y apoyar a todos los que ante la cruda coyuntura deciden dar pasos y mover ficha.
En piel propia estoy viviendo este proceso de búsqueda del cambio, costoso y frustrante a ratos, generador de ansiedad pero también liberador de energía y creatividad.
No debemos olvidar que nadie debe comprarnos los trajes, que luego pasa lo que pasa, al fin y al cabo, nosotros somos nuestro mejor sastre personal. La gama de chaquetas es muy amplia, no nos conformemos con el gris oscuro, ya no está de moda.



lunes, 19 de marzo de 2012

¡Abajo las cadenas!



Si "vivan las cadenas" fue el nefasto lema que lanzaron los absolutistas para celebrar el regreso de Fernando VII al poder no constitucional, hoy en día deberíamos todos proclamar un sonoro "abajo las cadenas" frente a tanta cortapisa que no cesa.
En 1812 el choque se producía entre el Antiguo Régimen y los valientes y minoritarios reformistas españoles, mientras que en estos tiempos de incertidumbre, la cosa confronta a políticos y a ciudadanos.
Consideramos ser mucho más libres que nuestros antepasados ya que disfrutamos de una democracia participativa y de una supuesta igualdad ante la ley. No obstante, la triste realidad del día a día muestra una cara menos amable ante el espejo de las libertades.
Nuestros políticos, desde la Constitución de 1978, han ido ganando cuotas de poder, aumentando, vuelta de tuerca tras vuelta de tuerca, el control sobre los gobernados. Prácticamente todo está contemplado en una ley, ordenanza, orden ministerial o primas cercanas dentro del entramado infinito de regulaciones que nos rodean.
Estamos obligados a ir a la escuela, a pagar impuestos, a cumplimentar miles de formularios en los que toda nuestra vida y movimientos quedan registrados. Se nos teledirige en muchas facetas de nuestro existir desde los poderes públicos, unas ocasiones en cuestiones baladíes y otras muchas en temas de mayor calado. El mundo digital ha potenciado de manera desmedida este control sobre los ciudadanos.
Incluso en algo tan secundario como el uso obligatorio del cinturón de seguridad se produce una colisión de gran profundidad entre la libertad del individuo y el Estado paternalista que restringe. ¿Por qué se nos obliga bajo amenaza de multa y retirada de carné a usar el cinturón cuando es una decisión individual que no afecta a los demás? Por insignificante que les pueda parecer a muchos dicha encrucijada, el trasfondo del ejemplo, y por ello su valor reflexivo, es que hemos venido a aceptar con naturalidad y resignación que el Estado se inmiscuya en nuestras vidas hasta la cocina.
No hemos llegado, cierto es, al extremo demencial de EEUU donde en algunos estados está penado con la cárcel el sexo oral dentro del propio domicilio, entre adultos consentidores, sean casados, pareja o amigos con derecho a roce.
Se entiende y se empatiza con los grupos que presionan y tratan de sensibilizar sobre la necesidad de dotar a los ciudadanos de mayor margen de maniobra, de devolver a la sociedad civil el control de la vida de cada uno.
La democracia, a mi entender, se creó para que los ciudadanos pudieran convivir en libertad teniendo la posibilidad de labrarse su propio destino sin coartar el de los demás. Lo que hoy en día padecemos es una sobredosis de supervisión y limitación de nuestros derechos por unos pocos, votados por muchos, que nunca son la mayoría de los ciudadanos.
Una adecuada reforma del sistema judicial, al cual habría que dotar de muchos mayores recursos, podría contrapesar una reducción del excesivo poder del legislativo.  Dejen que los ciudadanos nos entendamos más entre nosotros, sin tanta excesiva y molesta intermediación de los políticos.
Políticos sí, pero dentro del tiesto, que las plantas trepadoras crecen y acaban por ahogar al árbol.
Ojalá que dentro de algunos años, a ser posible antes de 2212, podamos celebrar que las cadenas han caído y que el mundo es un lugar con menos vallas, donde poder caminar libremente sin tanto cuatrero con cadenas para lanzar.
Siempre es preferible equivocarte tú mismo a que lo hagan los demás por ti.
Caminante sí hay camino y se hace camino al andar. 


domingo, 4 de marzo de 2012

Abrir el melón


Hoy se agitaban las redes sociales, Twitter a la cabeza, comentando el editorial de El País, el cual se dedica a ponderar y alabar las virtudes de la Monarquía española y a determinar la nula conveniencia de cuestionar su necesidad.
Se sorprendían muchos tuiteros, imagino en su mayoría de izquierdas, ante este enfoque que parecía calcado del rival tradicional del emblema de Prisa, el ABC.
En este mundo de ideologías cambiantes, cruzadas, juntas y revueltas, donde el poder económico acaba prevaleciendo sobre todo sistema de valores, ya nada debería chocarnos.
Está claro que la Monarquía española pasa por sus horas más bajas y no tan solo por el caso Urdangarin, sino también por muchos factores que han ido alejando a la institución de la sociedad a pesar de los esfuerzos de la Casa Real por mitigar el desapego. 
En 1978 cuando se votó la Constitución Española y se refrendó el sistema de Monarquía parlamentaria, en la figura del elegido por Franco, la sociedad española de la transición no tenía muchas alternativas para pasar página sin estridencias. 
Hoy en día todo ha cambiado aunque no lo suficiente. Tenemos un Estado en crisis, unas CCAA más cuestionadas que nunca, una clase política en mínimos de credibilidad y una Monarquía renqueante.
Queda mucho por hacer para que la imperfecta democracia no lo sea tanto en el caso español.
Todos los nacidos desde 1960 no tuvimos opinión en el refrendo de aquella Constitución y todo lo que conllevaba. Son asuntos serios y no hay que removerlos con asiduidad pero no parece tan descabellado plantearse retocar lo necesario para que el engranaje no se atasque.
Este es un melón que los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, no tienen intención de abrir ya que serían los máximos perjudicados cediendo cuota de poder, triste constatación de como los intereses partidistas pasar por encima de los de los ciudadanos. El político olvida su faceta de hombre de a pie para enfundarse las orejeras del partido de adscripción. 
Tan solo una fuerte presión popular, por vías pacíficas y democráticas, puede lograr que la piedra se mueva de sitio, nos toca a nosotros empujar. 
Ya que a los políticos no les gusta el melón deberíamos ser los ciudadanos, la sociedad civil para beneficio de la cual se montó todo el chiringuito constitucional, los que cojamos el melón, lo tanteemos, y sopesemos si está maduro para su consumo. En mi opinión el momento es oportuno, no sé ustedes, pero creo que, en general, los ciudadanos sabemos bastante más de fruta que los políticos, y está parece que está empezando a pudrirse.