miércoles, 29 de febrero de 2012

Carné por puntos


Las naves de la política española, cual Armada Vencible versión siglo XXI, parecen estar en manos, muchas de ellas, demasiadas, de Capitanes Schettinos poco centrados en el timón que se traen entre manos.
Las noticias del disparatado déficit español han hecho saltar todas las alarmas y hemos pasado de alerta amarilla a alerta roja. 
Subidas de impuestos, recortes en todas las partidas de gasto y reformas laborales, se muestran ya insuficientes antes casi de haber comenzado su andadura. O Europa destensa la cuerda para evitar el descalabro o nos pondrán la soga al cuello como a Grecia.
¿Cómo es posible haber llegado hasta aquí? Este guateque de gasto desmedido tiene muchos culpables: el gobierno de ZP, las CCAA, las entidades financieras, los Ayuntamientos y un largo etcétera de presuntos implicados; aquí hay carbón para todos. 
Llegados a este punto de inflexión y de estrujamiento al ciudadano no basta con seguir parcheando y sacar dinero de debajo de las piedras y de los colchones de los contribuyentes.
Los ciudadanos exigimos responsabilidad a los que manejan la caja y una buena manera de hacerlo es establecer por ley unas responsabilidades para los que esquilmen el patrimonio común.
Una ley de objetivos de déficit o techo de gasto y unos parámetros que los políticos en puestos de responsabilidad tengan que cumplir constreñidos. No basta con no votar a ese político en las siguientes elecciones, no es suficiente como de manera evidente salta a la vista. Si un político que arruina a su CCAA por malgastar en inversiones faraónicas fuera inhabilitado para cargo público ya sería un primer paso y toque de atención para suavizar esta sangría. 
Hay que profesionalizar la política española, en el sentido positivo del término, personas con oficio y beneficio, con vida previa y posterior a una carrera política, libres de ataduras a sillones de poder.
Siendo cualquier ciudadano de a pie responsable de sus actos ante la ley, no se puede seguir admitiendo que los que más trascendencia tienen con sus decisiones escurran sus bultos cual anguilas.
Si una empresa exige objetivos a sus directivos y prescinde de los que flagrantemente incumplen, ¿es disparatado aplicar algo semejante a la gestión política? 
Una especie de carnet por puntos político en el que las infracciones sean castigadas finalmente con la pérdida definitiva del mismo. Suena a broma, soy consciente, pero creo que todos tenemos en mente a muchos Schettinos en cuya barca no querríamos ni dar una vuelta por el estanque del Retiro. 



lunes, 13 de febrero de 2012

Falsa identidad


No es el título de la última película de intriga de Hollywood, se trata de una realidad más castiza que asoma por la prensa con bastante frecuencia.
Desde hace años, sin visos de ser atajado, muchos políticos españoles deciden crearse una identidad a su medida, elaborando currículos engordados donde las carreras caen el cielo sin pasar por las aulas.
El caso más sonoro fue hace años, Roldán, el ex-director de la Guardia Civil, licenciado fantasma en varias materias. 
A lo largo del tiempo, como un gotera molesta que no cesa, van cayendo nombres, en diferentes formaciones políticas, que adornan con creatividad y alevosía sus trayectorias académicas. Se ha puesto de moda poner la frase " estudios en...." para poder siempre alegar que uno se matriculó o que leyó un par de libros de dicha licenciatura. 
Yo soy de los que considera que la función pública debería exigir titulación para ejercer ciertos cargos, en algunos incluso el dominio de idiomas; opinión que algunos encuentran elitista. No creo que en un país donde miles de jóvenes y no tan jóvenes universitarios están parados o emigrando, sea de recibo que muchos cargos públicos los ocupen personas con escasa formación académica y nula trayectoria profesional en otro campo que no sea la política de partido. 
Esta es una discusión abierta que debería debatirse en profundidad pues los resultados de la gestión indican que algo no va bien por las altas esferas del poder. Se nos exige cada vez más a los ciudadanos y no tanto a los que nos gobiernan. Falta simetría en la relación político-ciudadano.

No obstante, lo que no alberga matiz alguno es la tomadura de pelo de alguien que miente en su CV, negando sus orígenes y tratando de enmascarar sus carencias formativas. Sean José Blanco, Elena Valenciano o Tomás Burgos, no son admisibles estas ambigüedades en las biografías personales. 
Mientras en Alemania dimiten ministros por plagiar partes de una tesis y en el Reino Unido lo hacen por multas ocultas de hace una década, aquí seguimos tragando carros y carretas. 
Ya ni siquiera pedimos que cumplan sus promesas electorales, nadie lo hace al pie de la letra, tan sólo que no mientan sobre su identidad. 
¿Es mucho pedir? Vista la nula reacción de los partidos parece que sí, ya lo saben, no se esfuercen en estudiar y formarse, mientan, que el papel, al menos en España, lo aguanta todo. 
A estos políticos les pediría que se quitaran la careta y se mostraran tal cual son, que no se avergüencen de sí mismos que ya lo hacemos nosotros por ellos.

martes, 7 de febrero de 2012

Omnideporte


Deporte por la mañana, por la tarde y por la noche, 24 horas al día, 365 días al año.
Los años finales del siglo XX y la primera década del siglo XXI han visto consolidarse la hegemonía del deporte en la cima del podio del entretenimiento de masas.
En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial fue el cine el pasatiempo favorito de unas sociedades que lograban ir saliendo del agujero y que dedicaron cada vez más tiempo al ocio; fue la época dorada del cine estadounidense y la época de las estrellas de verdad. Luego la televisión y la música ocuparon su lugar en la cúspide: los Beatles, Eurovisión, los mundiales de fútbol, las series de televisión son buena muestra de este impacto, que creó la primera generación de la cultura global.
Sin embargo, dentro de todos los platos que un ocioso ciudadano puede degustar en sus ratos libres, el deporte ha conseguido pulverizar todos los récords.
Récords de audiencias tanto en los mundiales de fútbol, los Juegos Olímpicos o la final de la famosa SuperBowl de EEUU. 
Récords de cifras millonarias pagadas a los deportistas, tales como Michael Jordan, Rafael Nadal o Cristiano Ronaldo.
Récords de presencia en los medios de comunicación, no hay día en que no se hable de deportes. Cierto que el fútbol ocupa una cuota de pantalla abrumadora pero otros deportes tales como la F1, la NBA, el tenis o el ciclismo han consolidado su hueco en las audiencias.
Siempre me ha llamado la atención que los telediarios no separen la información del deporte por completo para emitirla en un informativo específico aparte; muy a menudo las primas de riesgo y los combates en Oriente Medio parecen casi un prólogo añadido al verdadero jugo de la "información relevante" que el deporte constituye para los medios. 
Este exceso y saturación deportiva, que no decrecen sino que aumentan día a día, tuit a tuit, reflejan un escapismo social irrefrenable.
Volcamos energías y entusiasmo en las gestas de nuestros equipos, de nuestras selecciones nacionales y de destacadas figuras, como expresión individual que quizá enmascara un ansia de trascender nuestra vida cotidiana.

El deporte está para disfrutarlo, sin duda, pero en primer lugar para ser practicado, y es evidente que las cifras de seguidores no se corresponden, ni de lejos, con el de los fieles practicantes. 
Mientras el deporte de base sobrevive a base de pequeños apoyos y de frecuentes milagros, el deporte de altura fagocita el espacio público de ocio.
Me imagino que si el Baron de Coubertin reapareciese reencarnado en este agitado 2012 apagaría el televisor y se calzaría las zapatillas. 
Puede que el deporte sea otra cosa. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Las apariencias engañan


Muchas veces, parece que las más, la imagen de los personajes públicos esconde una vida privada plagada de claroscuros mucho menos placenteros que lo que la opinión pública percibe.
Lo aparente no siempre es lo real, y lo verdadero suele ser muy sorprendente.
Saltaba hoy en la prensa un adelanto de las memorias de Arantxa Sánchez Vicario, emblemática tenista que cautivó a España con su mítica victoria en Roland Garros en 1989 sobre la invencible Steffi Graf.
Recuerdo perfectamente ver aquel partido en casa, en familia, y vibrar con una emoción a la que entonces poco nos tenían acostumbrados nuestros deportistas.
En la prodigiosa década de los 90, Arantxa se convirtió en uno de los grandes referentes del deporte español, y su familia, en una de las más reconocidas y admiradas por el gran público.
Las memorias a punto de ser publicadas se descuelgan con la cruda frase de la tenista que dice" no me hablo con nadie de mi familia" y en la que detalla como su patrimonio fue dilapidado por sus progenitores, los cuales la sometieron a un férreo y excesivo control.
Toda historia tiene varias versiones y múltiples aristas pero sí el río suena alguna piedra arrastrará; una imagen pública armoniosa hecha pedazos.
Hay numerosos casos, tanto en el mundo del deporte, del cine y de la música, de niños precozmente triunfadores sometidos a presiones familiares, exprimidos en ocasiones como limones de jugo millonario.
Cada vez hay más casos de famosos adolescentes, supervisados por sus padres o por un mánager, expuestos a un escrutinio casi constante por parte de los medios de comunicación y de los fans.
Las nuevas tecnologías, las redes sociales y el uso extensivo de "smartphones" han reducido al mínimo el margen de maniobra de estas figuras públicas.  Cada patinazo se sabe en cuestión de minutos.
El caso de los Sánchez Vicario, una familia de clase media, trabajadora, luchadora y exitosa en el deporte, con la cual millones de españoles se identificaron y sintieron empatía durante tantos años, demuestra que la fama y el éxito conllevan un peaje muy alto que abonar.
Gestionar una posición pública de relevancia no es tarea fácil, no solo para los que se dan de bruces con el éxito, como sería este caso, también en otros donde se presupone absoluta preparación para ello, como sería el de la Infanta Cristina y sus polémicos negocios conyugales.

La vida nos prepara tal vez, paradójicamente, más para el fracaso que para el éxito pero no por ello hay que abandonar los sueños y la ambición. Parte del desafío una vez alcanzado el objetivo es conseguir que la imagen que refleje de nosotros el espejo público no distorsione lo que la verdad esconde.