martes, 25 de diciembre de 2012

Tiempo de silencio


He tratado esta tarde de escribir un artículo para mi blog, para no perder las buenas o malas costumbres, y así reavivar la llama de escritura.
Barajé temas dispares tales como la burbuja futbolística; ese monstruo económico-mediático en torno al deporte estrella, el futuro de los medios de comunicación o la superación personal en tiempos de crisis y al final, hastiado de mi propia palabra, desistí.
No es fácil tener siempre presente la inspiración para escribir, y aún siendo ese el caso, a veces, asalta la duda de si tiene sentido comunicar lo que nuestra mente dicta a nuestros dedos en el teclado.
Vivimos en el mundo del exceso, en todos los frentes, y el periodístico no es una excepción. Abundan los medios de papel, los digitales, las radios, los canales temáticos de televisión y para ampliar la gama interminable se inventaron las redes sociales, los Facebook, Twitter y parientes próximos que nos permiten a los particulares, a los habituales lectores, ocupar también el papel de emisores.
Tanto contenido, tanta idea, tanta ocurrencia, tanto encuentro, tanto desencuentro, tanta profusión de mensajes genera, seamos conscientes o no, una reverberación que no cesa en nuestro cerebro. 
El péndulo de la modernidad ha traído hasta nuestros hogares todo el mundo por conocer, por hablar y por chatear y uno no puede menos que preguntarse si estamos preparados para ello. 
¿Han evolucionado nuestras neuronas al ritmo frenético de internet? 
Los tres lustros meteóricos que nos contemplan de conectividad planetaria no son suficientes para saber el alcance de la revolución de las comunicaciones interpersonales, el tiempo lo dirá, el tiempo siempre todo lo revela. 
Mientras tanto, cuando se siente una especie de cortocircuito interno, cuando la mente dice hasta aquí hemos llegado, es tiempo de silencio. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

¡Humanidades, Sr.Wert!


Con tantas polémicas como acumulamos en los últimos meses es difícil mantenerse al tanto y no perder la comba del combate dialéctico y del exabrupto político del momento.
Sin duda el ministro de Educación, José Ignacio Wert, se lleva una buena ración de titulares polemistas, es el Mourinho del Congreso de los Diputados, se lo ha ganado a pulso, hay que reconocerle talento para hacer saltar chispas.
Guste o no guste, el ministro es sin duda una persona de amplia formación, con una cultura sólida y amigo, en mi opinión, de adoptar el papel de provocador irreverente. Tuve ocasión de entrevistarlo en un programa de televisión y mi dejó la impresión de ser una persona segura de sí misma, de firmes convicciones que se toma su paso por la política, y en concreto por el ministerio, como un juego de artes malabares; ocasión ideal para desplegar su personalidad de aristas y diatribas verbales. 
Siendo un político con amplia formación humanística, debería el ministro, ser el primero en percatarse de la acuciante necesidad de recuperar las materias clásicas en los planes de estudio.
Es muy moderno hablar de asignaturas de emprendimiento, economía, dirección de empresas y tecnología, dentro de la imparable especialización de nuestro sistema educativo, no obstante, sin base humanística en tiempos de crisis todas las flaquezas colapsan el montaje social. 
Recuperar la capacidad de leer y analizar textos, el conocimiento de la historia, la propia y la ajena, incluir asignaturas como la Ética, la Oratoria y Filosofía se antoja imprescindible para que los ciudadanos tengamos la capacidad de construir con cimientos firmes. 
El relativismo actual enraíza en la falta de cultura cívica, por mucho que los padres en casa intenten suplir las carencias de nuestras escuelas es harto complicado compensar un enfoque social que no desarrolla apenas la conciencia cívica deseables en un ciudadano del siglo XXI.
Criticamos a los políticos, a las instituciones y a los empleados públicos que nos conectan con la Administración del Estado pero, en general, la percepción del espacio público como algo de todos, a cuidar y a mejorar no forma parte de nuestro ADN ciudadano.
España tiene atisbos de solidaridad espectaculares como sociedad: destacamos en donaciones de órganos, en voluntariado, en colaboración con campañas de ayuda al Tercer Mundo pero flaqueamos en situaciones más mundanas y cotidianas, que son las que al final imprimen la marca de la casa.
La tan traída Marca España se construye siendo cívicos, respetando el espacio público, colaborando con nuestros conciudadanos, formando parte de asociaciones, de plataformas cívicas, reciclando, protegiendo el medio ambiente, preservando el patrimonio cultural, siendo vigilante en el uso de las formas y el lenguaje, etc...

Todas estas gotas de ciudadanía positiva tienen que ser potenciadas desde la educación infantil hasta la educación superior y, que mejor vehículo para ello, que a través de las arrinconadas humanidades.
Sr.Wert más allá de su cruzada mediática por ser el ministro más comentado del momento encuentre un momento para colocar en el primer plano del debate el papel esencial de las humanidades.
Muchos se lo agradeceremos. No sólo de polémica vive el hombre.

martes, 11 de diciembre de 2012

El estado del bienestar


El Estado del Bienestar se ha convertido en el gran caballo de batalla de la crisis extenuante que nos está chupando los recursos y las ilusiones como una sanguijuela despiadada. 
Pero, ¿qué es el tan traído bienestar por el que todos clamamos?
Los políticos nos los están desmontando a ojos de los ciudadanos, reajustando a la nueva realidad bajo su propio prisma; lo que nadie discute es que el bienestar está atravesando una tormenta imperfecta. 
Creo que si hiciéramos una sencilla encuesta a los 47 millones de españoles las respuestas acerca de la definición sobre el Estado del Bienestar serían bastante similares, el sentido común abunda mucho más entre los anónimos y sufridos ciudadanos que entre los renombrados políticos. 
Intuyo que Sanidad y Educación encabezarían una lista de elementos irrenunciables por muy mal que se presente el panorama económico. La sanidad universal de calidad, uno de los logros más destacables de la España del siglo XX, no puede verse cuestionada por unas coyunturas adversas.
Ciertamente el desmedido dispendio de la primera década del siglo XXI obliga a drásticos ajustes para aminorar el lastre insalvable del déficit; no obstante, nada justifica los experimentos con gaseosa y sin consenso en áreas tan delicadas como la educación o la asistencia sanitaria de todos. 
Si las encuestas del CIS reflejan de manera creciente la preocupación de los españoles por la trasnochada clase política y la desmedida burocracia de la que se han dotado en los 35 de periplo democrático que nos contemplan, no resulta aceptable la inmovilidad de quienes ostentan los poderes públicos por delegación ciudadana. 
Es necesario tener sentido de Estado, visión de futuro y asumir con autocrítica que lo que nos ocurre a día de hoy no ha caído del cielo como el meteorito que supuestamente exterminó a los dinosaurios sino que, todo lo contrario, es una bomba de fabricación casera. 
No es comprensible que se hayan construido en España aeropuertos de lujo, ganadores de premios de arquitectura, ni kilómetros de AVE en cantidades propias de la China emergente mientras cientos de miles de españoles subsisten en niveles que bordean la indigencia. 
Para que las clases medias y altas puedan llegar a Valencia en una hora y media se han invertido miles de millones de euros que bien podrían haber recabado en I+D o en dotar de una red de asistencia a la depauperada Ley de Asistencia. 
Un país necesita ser valiente, atreverse a soñar, invertir, desarrollar proyectos atrevidos para los cuales puede ser puntualmente necesario pedir créditos, eso no se puede discutir. Sin embargo, no es admisible a indecencia que asoma sin pudor cuando se constata que no ha habido proyecto real de país, que el nuevoriquismo se adueñó de quienes tomaban las decisiones administrando de manera prepotente y desmedida la caja común, sin proteger de manera sólida las piezas más desfavorecidas de la sociedad y, más grave todavía, sin consolidar una estructura productiva de futuro para toda la sociedad.
Nos han robado parte de nuestros sueños y nos hemos despertado, casi de golpe, con una cruda realidad estadística de paro estratosférico, ínfimos niveles educativos en los informes PISA, agujeros negros en casi todas las administraciones y mil episodios más de terror.
La vida es fluctuación y a un año de lluvia sigue un año de sequía, a una etapa de pesadilla y desazón ha de seguir sin duda una de esperanza y futuro. 
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La perspectiva de varios años de crisis hace entrever que los principales actores del sistema: los partidos políticos tradicionales, los sindicatos y la CEOE no sólo no han estado a la altura de las circunstancias sino que se muestran incapaces o reacios a adaptarse a la nueva realidad.
Los ciudadanos, cada uno en su rincón, aunque conectados en un proyecto común que se llama España y Estado del Bienestar no vamos a permitir que aniquilen nuestras legítimas aspiraciones a una digna vida en común.
Las inercias son grandes y la resistencia brutal, pero todo pasa. El Imperio Romano cayó y nuestro enquistado y decadente sistema político acabará por transformarse.
El mundo lo conformamos las personas corrientes, no los expertos, los gestores, los ministros o las dichosas estadísticas, y lo normal es que uno quiera vivir con Bienestar. 
Somos 47 millones y el poder es nuestro, conviene recordarlo todos los días del año.