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martes, 25 de diciembre de 2012

Tiempo de silencio


He tratado esta tarde de escribir un artículo para mi blog, para no perder las buenas o malas costumbres, y así reavivar la llama de escritura.
Barajé temas dispares tales como la burbuja futbolística; ese monstruo económico-mediático en torno al deporte estrella, el futuro de los medios de comunicación o la superación personal en tiempos de crisis y al final, hastiado de mi propia palabra, desistí.
No es fácil tener siempre presente la inspiración para escribir, y aún siendo ese el caso, a veces, asalta la duda de si tiene sentido comunicar lo que nuestra mente dicta a nuestros dedos en el teclado.
Vivimos en el mundo del exceso, en todos los frentes, y el periodístico no es una excepción. Abundan los medios de papel, los digitales, las radios, los canales temáticos de televisión y para ampliar la gama interminable se inventaron las redes sociales, los Facebook, Twitter y parientes próximos que nos permiten a los particulares, a los habituales lectores, ocupar también el papel de emisores.
Tanto contenido, tanta idea, tanta ocurrencia, tanto encuentro, tanto desencuentro, tanta profusión de mensajes genera, seamos conscientes o no, una reverberación que no cesa en nuestro cerebro. 
El péndulo de la modernidad ha traído hasta nuestros hogares todo el mundo por conocer, por hablar y por chatear y uno no puede menos que preguntarse si estamos preparados para ello. 
¿Han evolucionado nuestras neuronas al ritmo frenético de internet? 
Los tres lustros meteóricos que nos contemplan de conectividad planetaria no son suficientes para saber el alcance de la revolución de las comunicaciones interpersonales, el tiempo lo dirá, el tiempo siempre todo lo revela. 
Mientras tanto, cuando se siente una especie de cortocircuito interno, cuando la mente dice hasta aquí hemos llegado, es tiempo de silencio. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

¡Humanidades, Sr.Wert!


Con tantas polémicas como acumulamos en los últimos meses es difícil mantenerse al tanto y no perder la comba del combate dialéctico y del exabrupto político del momento.
Sin duda el ministro de Educación, José Ignacio Wert, se lleva una buena ración de titulares polemistas, es el Mourinho del Congreso de los Diputados, se lo ha ganado a pulso, hay que reconocerle talento para hacer saltar chispas.
Guste o no guste, el ministro es sin duda una persona de amplia formación, con una cultura sólida y amigo, en mi opinión, de adoptar el papel de provocador irreverente. Tuve ocasión de entrevistarlo en un programa de televisión y mi dejó la impresión de ser una persona segura de sí misma, de firmes convicciones que se toma su paso por la política, y en concreto por el ministerio, como un juego de artes malabares; ocasión ideal para desplegar su personalidad de aristas y diatribas verbales. 
Siendo un político con amplia formación humanística, debería el ministro, ser el primero en percatarse de la acuciante necesidad de recuperar las materias clásicas en los planes de estudio.
Es muy moderno hablar de asignaturas de emprendimiento, economía, dirección de empresas y tecnología, dentro de la imparable especialización de nuestro sistema educativo, no obstante, sin base humanística en tiempos de crisis todas las flaquezas colapsan el montaje social. 
Recuperar la capacidad de leer y analizar textos, el conocimiento de la historia, la propia y la ajena, incluir asignaturas como la Ética, la Oratoria y Filosofía se antoja imprescindible para que los ciudadanos tengamos la capacidad de construir con cimientos firmes. 
El relativismo actual enraíza en la falta de cultura cívica, por mucho que los padres en casa intenten suplir las carencias de nuestras escuelas es harto complicado compensar un enfoque social que no desarrolla apenas la conciencia cívica deseables en un ciudadano del siglo XXI.
Criticamos a los políticos, a las instituciones y a los empleados públicos que nos conectan con la Administración del Estado pero, en general, la percepción del espacio público como algo de todos, a cuidar y a mejorar no forma parte de nuestro ADN ciudadano.
España tiene atisbos de solidaridad espectaculares como sociedad: destacamos en donaciones de órganos, en voluntariado, en colaboración con campañas de ayuda al Tercer Mundo pero flaqueamos en situaciones más mundanas y cotidianas, que son las que al final imprimen la marca de la casa.
La tan traída Marca España se construye siendo cívicos, respetando el espacio público, colaborando con nuestros conciudadanos, formando parte de asociaciones, de plataformas cívicas, reciclando, protegiendo el medio ambiente, preservando el patrimonio cultural, siendo vigilante en el uso de las formas y el lenguaje, etc...

Todas estas gotas de ciudadanía positiva tienen que ser potenciadas desde la educación infantil hasta la educación superior y, que mejor vehículo para ello, que a través de las arrinconadas humanidades.
Sr.Wert más allá de su cruzada mediática por ser el ministro más comentado del momento encuentre un momento para colocar en el primer plano del debate el papel esencial de las humanidades.
Muchos se lo agradeceremos. No sólo de polémica vive el hombre.

martes, 11 de diciembre de 2012

El estado del bienestar


El Estado del Bienestar se ha convertido en el gran caballo de batalla de la crisis extenuante que nos está chupando los recursos y las ilusiones como una sanguijuela despiadada. 
Pero, ¿qué es el tan traído bienestar por el que todos clamamos?
Los políticos nos los están desmontando a ojos de los ciudadanos, reajustando a la nueva realidad bajo su propio prisma; lo que nadie discute es que el bienestar está atravesando una tormenta imperfecta. 
Creo que si hiciéramos una sencilla encuesta a los 47 millones de españoles las respuestas acerca de la definición sobre el Estado del Bienestar serían bastante similares, el sentido común abunda mucho más entre los anónimos y sufridos ciudadanos que entre los renombrados políticos. 
Intuyo que Sanidad y Educación encabezarían una lista de elementos irrenunciables por muy mal que se presente el panorama económico. La sanidad universal de calidad, uno de los logros más destacables de la España del siglo XX, no puede verse cuestionada por unas coyunturas adversas.
Ciertamente el desmedido dispendio de la primera década del siglo XXI obliga a drásticos ajustes para aminorar el lastre insalvable del déficit; no obstante, nada justifica los experimentos con gaseosa y sin consenso en áreas tan delicadas como la educación o la asistencia sanitaria de todos. 
Si las encuestas del CIS reflejan de manera creciente la preocupación de los españoles por la trasnochada clase política y la desmedida burocracia de la que se han dotado en los 35 de periplo democrático que nos contemplan, no resulta aceptable la inmovilidad de quienes ostentan los poderes públicos por delegación ciudadana. 
Es necesario tener sentido de Estado, visión de futuro y asumir con autocrítica que lo que nos ocurre a día de hoy no ha caído del cielo como el meteorito que supuestamente exterminó a los dinosaurios sino que, todo lo contrario, es una bomba de fabricación casera. 
No es comprensible que se hayan construido en España aeropuertos de lujo, ganadores de premios de arquitectura, ni kilómetros de AVE en cantidades propias de la China emergente mientras cientos de miles de españoles subsisten en niveles que bordean la indigencia. 
Para que las clases medias y altas puedan llegar a Valencia en una hora y media se han invertido miles de millones de euros que bien podrían haber recabado en I+D o en dotar de una red de asistencia a la depauperada Ley de Asistencia. 
Un país necesita ser valiente, atreverse a soñar, invertir, desarrollar proyectos atrevidos para los cuales puede ser puntualmente necesario pedir créditos, eso no se puede discutir. Sin embargo, no es admisible a indecencia que asoma sin pudor cuando se constata que no ha habido proyecto real de país, que el nuevoriquismo se adueñó de quienes tomaban las decisiones administrando de manera prepotente y desmedida la caja común, sin proteger de manera sólida las piezas más desfavorecidas de la sociedad y, más grave todavía, sin consolidar una estructura productiva de futuro para toda la sociedad.
Nos han robado parte de nuestros sueños y nos hemos despertado, casi de golpe, con una cruda realidad estadística de paro estratosférico, ínfimos niveles educativos en los informes PISA, agujeros negros en casi todas las administraciones y mil episodios más de terror.
La vida es fluctuación y a un año de lluvia sigue un año de sequía, a una etapa de pesadilla y desazón ha de seguir sin duda una de esperanza y futuro. 
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La perspectiva de varios años de crisis hace entrever que los principales actores del sistema: los partidos políticos tradicionales, los sindicatos y la CEOE no sólo no han estado a la altura de las circunstancias sino que se muestran incapaces o reacios a adaptarse a la nueva realidad.
Los ciudadanos, cada uno en su rincón, aunque conectados en un proyecto común que se llama España y Estado del Bienestar no vamos a permitir que aniquilen nuestras legítimas aspiraciones a una digna vida en común.
Las inercias son grandes y la resistencia brutal, pero todo pasa. El Imperio Romano cayó y nuestro enquistado y decadente sistema político acabará por transformarse.
El mundo lo conformamos las personas corrientes, no los expertos, los gestores, los ministros o las dichosas estadísticas, y lo normal es que uno quiera vivir con Bienestar. 
Somos 47 millones y el poder es nuestro, conviene recordarlo todos los días del año. 

martes, 23 de octubre de 2012

Es la educación, ¡estúpido!


En España somos muy dados a hablar de todo sin profundizar en nada las más de las veces. Este entrada del blog es una buena muestra. 
No soy docente, ni experto en la materia, ni trabajo en el Ministerio de Educación, ni soy político, ni tan siquiera soy padre de alumno alguno. Sin embargo, soy ciudadano; observo, escucho, analizo y, a veces, escribo.
Es por ello que el tema de la educación se me antoja la piedra filosofal sobre la cual pivota casi todo, lo bueno y malo, que pasa en nuestro país, y de manera más extensiva en muchas sociedades.
Sin una buena educación el edificio social se tambalea, surgen grietas y no hay consistencia para remozar el proyecto conjunto siendo adaptativo a los nuevos tiempos.
Los famosos informes PISA de la OCDE demuestran año tras año que nuestros niveles no dan la talla, que ni tan siquiera pasamos el corte en las materias evaluadas, siempre por debajo de la media. Furgón de cola en la actualidad y perspectivas de furgón de cola en el futuro, estabilidad en la mediocridad.
El sistema educativo español , que ahora trata de reformar el PP con el polémico y polemista ministro Wert a la cabeza, es el gran talón de Aquiles que todo lo lastra.
No aprendemos las materias con solvencia, desbordamos las estadísticas de abandono escolar, ninguna universidad española está entre las primeras del mundo, no educamos para conocer, apreciar y respetar la democracia que tanto nos ha dado y que tan a menudo es ninguneada, se desmembra un programa de contenidos unitario en favor de un mundo de taifas escolar y suma y sigue ad infinitum.
Cualquier persona con dos neuronas en su sitio y ganas de usarlas se da cuenta de que por ahí van los tiros a la hora de enderezar esta crisis social, que no meramente económica, que ahora padecemos. 
A pesar de esta obviedad poco se hace para revertir esta espiral descendente. Los políticos manipulan el tema jugando como tahures con cartas trucadas, los medios de comunicación denuncian de tanto en tanto sin profundizar e insistir en esta tragedia nacional, sin apoyar con programas y contenidos que ayuden en esa dirección mientras los ciudadanos asistimos bastante pasivos y resignados a este malfacer educativo.

Sin educación sólida y constructiva no habrá salida a la corrupción que nos ahoga, a la desidia generalizada, al descrédito de las instituciones, a la anemia económica y social, al paro sangrante, a la huida masiva de trabajadores al extranjero y a mil y un males más que tan bien conocemos todos en mayor o menor medida.
La temida técnica de la gota malaya debería ser la que guiara la acción de ciudadanos, blogueros, padres, alumnos, medios de comunicación y demás interesados en dar la vuelta a la tortilla pocha que nos intoxica. 
Repitiéndome cual gota malaya, cierro estas líneas tal y como hice con otro artículo hace casi un año, dejémonos de pamplinas independentistas, rescates y demás milongas, ¡es la educación, estúpido!

martes, 9 de octubre de 2012

Lo que Ryanair esconde


Mucho se lleva hablando en los últimos meses de la compañía Ryanair, de sus aparentemente reiterados fallos técnicos y de su cuestionable fiabilidad como aerolínea.
Ryanair no es ni más ni menos que la punta del iceberg de lo que se cuece, a altas temperaturas, en los entresijos de los cielos españoles.
En España, como en todas partes, pero aquí más , que para eso somos muy temperamentales, el morbo y lo sensacionalista vende, y mucho. La campaña desatada en los medios de comunicación a raíz de los incidentes del día 26 de julio ha convertido a la compañía irlandesa en uno de los temas candentes ante la opinión pública.
Siendo controlador aéreo ha sido inevitable que muchas personas, periodistas incluidos, me hayan preguntado la pregunta del millón ¿es seguro volar con Ryanair?
Ni mi posición como controlador aéreo, y menos aún mi papel como periodista en los medios, me permite responder a dicha pregunta. No me corresponde a mi, tenemos a donde dirigir la vista.
En España existe, entre tanta mamandurria y burocracia, un organismo público responsable de responder a dichas dudas existenciales: la AESA, la Agencia Española de Seguridad Aérea.
Creada a finales de 2008 se le presupone la supervisión de las compañías aéreas que operan en España, de los proveedores de servicio de control aéreo y,  en general, de todo lo relacionado con aviones y seguridad.
Poco conocida del gran público, incluso del público aeronaútico, la cautelosa y sigilosa AESA lleva desarrollando una labor tan callada que muchos nos hemos preguntado para se ha creado. Las cosas de palacio van despacio y hay que dar un margen de confianza a toda institución pública, máxime una sobre la que recae semejante responsabilidad, pero todo tiene un límite. Ahora le toca a la AESA mojarse, y hasta las rodillas.
El enredo aéreo español, aquí empieza el tomate, se complica cuando uno analiza en detalle el lugar que cada elemento ocupa en la cadena de seguridad. La connivencia y el compadreo están al nivel de un episodio de los Borgia, las maldades e intereses cruzados puede que también.
Si un Montesquieu volador levantará la cabeza y la posara sobre el sector aéreo español le desconcertaría la evidente falta de separación de poderes.
La cúspide de la pirámide la domina el Ministerio de Fomento, del cual dependen el mayor proveedor de navegación aérea de España, AENA, aún monopolio a día de hoy, la citada AESA y la Dirección General de Aviación Civil, que es el enlace Ministerio resto de piezas.
Para entendernos, AENA, que decide cuantos aviones caben en el espacio aéreo, de lo cual cobra las tasas que la sustentan, depende del Ministerio; la AESA, que supervisa que AENA haga las cosas bien y no se pase de la raya atiborrando los cielos de aviones, etc..., también depende del Ministerio.
Por otro lado la AESA supervisa a las compañías aéreas, aquí entra en juego Ryanair, para que cumplan los protocolos de seguridad, por ejemplo el consabido tema del corto de combustible.
Ni la AESA tiene los medios para ejercer sus funciones en profundidad ni, lo que es peor, una voluntad evidente por el momento de hacerlo en profundidad.

Para muestra un botón que deja en evidencia hasta que punto la endogamia es mala y produce contubernios poco eficaces.
El organismo mundial que regula la Aviación Civil, OACI, determinó en su auditoría de 2010 que en España no se cumplían los parámetros de seguridad estipulados, firmados por nuestro país.  Ese mismo año hubo 47 cuasicolisiones en el espacio aéreo español, cifra desmesurada y nunca estudiada en detalla para su futura prevención.
 OACI considera que en España AENA hace la vista gorda y no notifica, tal y como es obligatorio, todos los incidentes que se producen, añade que la CIAIC (Comisión investigadora de Accidentes), responsable del caso de Spanair por ejemplo, no está bien dotada y que es lenta en sus deliberaciones, lo cual lo hace menos resolutiva, y remata diciendo que la AESA está en pañales y que así difícil que haga cabo su labor, es decir supervisar la seguridad aérea de los pasajeros de avión en nuestro país.
En 2012, vueltas que da la vida, Carmen Librero, entonces directora de Navegación Aérea, AENA, la persona responsable de los incidentes y cuasicolisiones sobre los cuales no se ponía el celo pertinente a la hora notificar e investigar es ahora Secretaria General de Transportes, responsable de la actuación de la AESA.
Resumiendo y en román paladino, quien no hizo las cosas conforme a la ley en 2010 en materia de seguridad aérea es a día de hoy la que tiene que investigar esos hechos, imagino que les suena muy familiar y muy español el asunto, a mi también.
La ministra Ana Pastor tiene sobre su tejado, no ya una pelota, sino un globo aerostático descomunal, en materia de seguridad aérea que debería tratar de resolver antes de que le explote sobre la cabeza.
Sentido y sensibilidad resumen por el momento su actitud, confiemos en que ahora llegue la acción.
Volviendo al origen del artículo, la mal traída Ryanair, denostada ahora en una extraña campaña tal vez orquestada, su fiabilidad depende de la palabra de todo el montaje anteriormente expuesto. Cuesta tener fe ciega en ello, confianza la justa.
A los usuarios, en gran medida indefensos ante la inacción de los que tienen responsabilidad, nos queda al final la última palabra como consumidores, pasajeros en este caso, a la hora de volar o no con una u otra compañía aérea.
 A mi no me gusta Ryanair por sus malas formas y por su marketing engañoso, no puedo poner en entredicho su seguridad. No obstante, lo que me gusta mucho menos todavía es que se haga dejación de funciones desde el Estado al cual sostengo con crecientes y ubicuos impuestos.
¿Ryanair sí, Ryanair no?
Cuestión de gustos, para gustos los aviones.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Vientos de América

Acabo de regresar de los EEUU, país grandioso y grandilocuente, lleno de contrastes punzantes pero que nunca deja indiferente y del cual siempre se puede aprender algo nuevo.
En Europa, y en España sin duda, muchas voces, la mayoría desde la izquierda,  critican a la sociedad estadounidense como despiadada meca del capitalismo individualista donde los ciudadanos viven inmersos en un sistema poco solidario.
Lo chocante del tema es que muchas veces dichos críticos del estilo de vida norteamericano ni siquiera han puesto los pies en la moderna "tierra prometida".
EEUU bien vale un viaje de reconocimiento, las contradicciones y las sorpresas aguardan nada más bajar del avión.
Los EEUU han sido desde su fundación una nación de inmigrantes, de diversos orígenes, religiones y estratos, que empujados tanto por la adversidad en sus países o por sus ansías de superación personal hicieron las maletas para nunca volver. La génesis del país es esencial para lograr comprender en cierta medida el modus operandi y vivendi de los estadounidenses.
A los europeos nos choca la presencia en Estados Unidos,  tanto en la Constitución como en los discursos de sus políticos, y de gran parte de sus ciudadanos, e incluso en los billetes de dólar, de Dios. Nuestras sociedades se precian de separar religión y Estado, aunque en esto fueran también pioneros los americanos, y no obstante,  los conflictos entre religión y laicidad parecen cobrar más fuerza en el Viejo Continente, donde poca mención se hace de Dios en la esfera pública.
Aquí en España es inconcebible que un político diga " que Dios los bendiga" al rematar su discurso electoral de cierre de campaña, allí está a la orden del día.
El origen religioso del país, poblado inicialmente por refugiados protestantes en busca de aires de libertad de culto, ha dejado una huella que el paso de los siglos no ha logrado borrar por completo.
Los extremos se tocan en la América del Norte más que en ninguna otra sociedad occidental; opulencia y miseria, religión estoica y consumismo ateo, hospitalidad y patrullas ciudadanas anti-inmigrantes, etc..... La lista es infinita, tal y como la diversidad humana.  De hecho, estas dualidades desencontradas no hacen sino reflejar y resaltar la grandeza de un país en el cual todo es posible, lo mejor y lo peor.
Creo que en las sociedades europeas nos movemos en unas líneas de comportamiento más intermedias, menos extremistas aunque la agitación política aparentemente desdiga esta afirmación.

Ciudadanos y política juegan a mi entender dos roles diferentes a este y a aquel lado del Atlántico.
En EEUU es difícil sin dinero o sin un talento especial, demostrado vía trayectoria personal, como es el caso de Barack Obama, alcanzar puestos de relevancia en las altas esferas políticas. La supuesta partitocracia de Republicanos y Demócratas enmascara un aglutinamiento de individualidades bajo la bandera de los partidos.
Por el contrario, aquí en Europa, la partitocracia domina sin fisuras la escena política; no es preciso ser brillante ni tener dinero, basta formar parte de los partidos, pasar por el aro y hacer carrera dentro de una estructura cuasi empresarial para escalar posiciones.
En relación al comportamiento ciudadano también hay notorias diferencias que un análisis superficial de ambas realidades revela con prontitud.
Los europeos estamos, a pesar del hastío y de la indignación, o tal vez por ello, mucho más politizados que los estadounidenses. Aunque no lo queramos, nuestras vidas se ven más afectadas por un Estado omnipresente e intervencionista y, a pesar de despotricar en las tertulias callejeras sobre nuestros representantes, votamos más que lo que hacen los estadounidenses.
Al otro lado del charco se habla menos de política, incluso ahora en plena campaña electoral, se vota menos, se espera y exige menos del Estado, y más de uno mismo, y por ende, el nivel de crítica es menor que el de un europeo.
Allí la política es profesional, templada y relativamente ignorada por la gran masa.
Aquí la política es una forma de vida, encendida y comentada y criticada por la gran mayoría.
El asociacionismo y la filantropía son rasgos distintivos de la sociedad estadounidense, poco desarrollados en Europa, que dejan patente que allí se espera más, y con razón, del resultado que uno mismo consiga con su esfuerzo personal,  y menos de la incidencia de posibles ayudas o trabas que el entorno social despliegue.

No pretendo hacer una alegoría de las bondades del "American Way of Life", soy europeo y tengo una mentalidad claramente europea, pero no puede uno dejar de admirar el torrente creativo de una sociedad que sabe reinventarse constantemente y, fundamental por encima de todo, que permite a sus ciudadanos reinventarse.
En esta España en crisis global, donde seguimos a la deriva, incapaces unos, otros y todos de encontrar una nueva fórmula, el nuevo contrato social que nos vaya sacando del remolino, resulta casi imposible cambiar de vida.
Nuestra sociedad desincentiva el cambio, la valentía y el riesgo personal y prima la seguridad y el continuismo. A diario se alzan voces de jóvenes con talento, formación y con ganas de trabajar, también de empresarios emprendedores con espíritu innovador y de ciudadanos con ganas de renovar la vida política, frustrados ante los muros que encuentran en su camino.
Siempre he pensado que las sociedades que mejor sobreviven y que más progresan son las que saben adaptarse y aquellas que saben aprender de lo que otros hacen bien, imitando, mejorando y adaptando a sus circunstancias cada herramienta ajena que cae en sus manos.
En esto, sin duda, nos llevan la ventaja los americanos. Tal vez mirar hacia el otro lado del Atlántico, hacer autocrítica y asumir con arrojo que tenemos muchas cosas que cambiar, manteniendo lo bueno,  pueda servirnos de revulsivo para despegar.
Los vientos, las tempestades, y los huracanes siempre soplan del Oeste, los anticiclones también, quizá es el momento de abrir la ventana y airear la casa y las ideas asumiendo algunos riesgos.
Cambiar no es fácil, en ciertas ocasiones es imprescindible.   

domingo, 29 de julio de 2012

La fibra sensible


Imagino que nos ha pasado a todos, de repente, como una revelación, encontrarnos de bruces con una actividad, con un lugar, con una novela, con algo que abre una puerta emocional hasta entonces ignota.
En mi caso ocurrió hace bastantes años, en otro siglo, en otra edad, en otro contexto.
Una tarde de ocio casero escuché por casualidad, como suelen ser las cosas que nos marcan, una canción portuguesa "Haja o que Houver" del grupo Madredeus, del cual conocía vagamente el nombre.
La melodía, embriagadora en la voz de Teresa Salgueiro, destapó el tarro de las esencias portuguesas, y supuso mi acercamiento a una cultura vecina y ausente al mismo tiempo.
Tras Madredeus, llegó Saramago, y por fin, Lisboa, ciudad soñada antes de ser conocida.
Los vínculos emocionales nos van enredando en su telaraña de sentimientos, dando matices y tonos a una conexión que no logramos nunca explicar racionalmente.
El hechizo portugués ahondó su presencia a través de su música y de su literatura principalmente. Asomaron en sus libros Lobo Antunes, Lidia Jorge, Mourao Ferreira, Pessoa, Vergilio Ferreira Torga y más nombres, imprescindibles en las letras de allende la raya y prescindidos en esta vertiente ibérica.
Siempre me ha parecido que el portugués se destaca como la lengua más poética y emotiva de todas las latinas, distinguida de la sinuosidad francesa, la claridad seca del español o el cántico refrescante del italiano. Obviamente no soy objetivo, reitero mi cautividad del hechizo portugués.
La música portuguesa está indisolublemente asociada al fado y a Amalia Rodrigues; reflejo de un sentimiento melancólico de la vida, con numerosas variantes, y encarnada a la perfección tanto en voces masculinas como femeninas.
El resurgir del fado moderno, tras la estela de su renovadora, Dulce Pontes, nos ha traído a nuestros oídos españoles, joyas como las voces de Cristina Branco, Mariza, Ana Moura, Mafalda Arnauth y, más recientemente, la pujante Carminho. Grande nuestra deuda con el pequeño vecino.
El cóctel sentimental que nos hace apegarnos a una tierra, a una emoción o a una forma de explicar el mundo incluye numerosos y variados. ingredientes.
Música, paisajes, historia, literatura, idiosincrasia, lengua,  y todo aquello intangible que nos seduce sin saber verbalizarlo con precisión.
Cuando se produce el chispazo, cuando la emoción despierta y alguna de nuestras fibras sentimentales vibra con brío honesto y entusiasta, es cuando más conscientes somos de que estamos vivos.
En estos tiempos materiales, de sequía espiritual y de periplos sin rumbo cierto, la fibra sensible nos sirve de brújula para el camino y nos ayuda a recordar, con punzante viveza, que es aquello que nos hace especiales, nuestra humanidad.